miércoles, 30 de marzo de 2011

Nunca me abandones, ni me dejes ir

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 31 de marzo, 2011.

La letra de la canción es de Daryl Hall, quien primero le pide a su pareja que le diga dónde está eso que se llama amor, luego, que trate estar más cerca de él y, finalmente, que nunca lo deje ir o que nunca lo abandone: never let me go. Y con este tema en la cabeza Kazuo Ishiguro nacido en 1954 en Japón, a los seis años se mudó para vivir el resto de su vida en Inglaterra dedicado a escribir y ganar, hace unos años, el Booker Prize (1989) por The Remains of the Day o Los restos del día, novela que luego hicieron película con Anthony Hopkins como uno de esos butler de estirpe que, al final, viaja por la provincia inglesa en busca, no sólo de un sentido para su malograda existencia, sino de esa mujer (Emma Thompson) con la que no pudo, ni quiso retener —como escribió Mauricio Montiel Figueiras en Letras Libres en febrero del 2006.

Ishiguro se distingue como uno de los más elocuentes poetas de la pérdida, como señalaba el poeta Joyce Carol Oates. Las evidencias son irrefutables y ahora, lo volvemos a confirmar, con su reciente obra dirigida por Mark Romanek y un guión de Alex Garland, basada en la novela Never Let Me Go o Nunca me abandones de Ishiguro.

Cuando terminó la película pensé que, para ser un novelista como este hombre, se necesita tener un corazón de piedra y resistir las tentaciones que podrían hacernos variar su trama, como en este caso, cambiar esa vida de los huérfanos —¿clonados?— a los que Ishiguro ha dejado sin libre albedrío para convertirlos en un especie de robots, incapaces cambiar su destino, como sucedía en las tragedias griegas, tal como le pasó a Edipo, que no pudo evitar matar a su padre y acostarse con Yocasta, su madre antes de quitarse los ojos con el broche con el que se detenía su cabellera.

Fiel a las tácticas de Henry James la incertidumbre termina por exponer su reverso en forma de un hallazgo insólito: los alumnos del (internado) Hailsham —como escribió Montiel Figueiras—, son protegidos con celo porque su misión no es otra que ser cuidadores (como Kathy) o donantes de órganos (como Tommy y Ruth, sus amigos entrañables). Y aún más: el colegio es la punta de lanza de un movimiento que propone un sistema de clonación basado paradójicamente por un fulgor humanista. El estímulo de las aptitudes artísticas en los clones, se vincula a un interés espiritual: «pensábamos que los trabajos de arte nos permitirían ver su alma. O, para decirlo de un modo más sutil, demostrar que tenían alma [...] Demostramos así al mundo que, si los alumnos crecían en un medio humano y cultivado, podían llegar a ser tan sensibles e inteligentes como los seres normales. Pero los clones [...] no tenían otra fin que la de abastecer a la ciencia médica.

Ese fue su destino y el novelista, como dios griego, no tuvo corazón para modificarlo. El papel de Kathy lo hace la joven Carey Mulligan, una inglecita nacida en 1985 que ya la habíamos visto como esa adolescente que se deja seducir por un tal don Juan en An Education (2009), en la película dirigida por la danesa Lone Scherfig. Ahora, es ella quien nos narra esta historia de lo irremediable, del destino que no podemos cambiar por carecer de esa vela mayor fija a la botavara con la que cambiamos el curso para llegar a donde queramos, librándonos de todo el mal, amén.

Kathy nos explica por qué no pueden ver hacia delante, hacia el futuro, como lo hacemos los que tenemos la libertad de hacerlo. Ellos voltean hacia el pasado, que es lo único que les queda como si fuera el paraíso perdido —la infancia y la inocencia—, a pesar de que alguien les había hecho saber que estaban destinados a morir irremediablemente antes de tiempo. Esa es la diferencia con nosotros: que ellos sabían que iban a morir antes de tiempo. Por lo demás, nos parecemos tanto que nos da escalofrío.