Entre líneas en la casa del poeta

INFOSEL, Crónica cultural, del jueves 7 de abril, 2011.

He logrado leer entre líneas en la casa de un poeta que escribe, entre otras cosas, sobre su jardín como si fuera un universo, relatando todo lo que ahí sucede. Fue un ejercicio parecido a la lectura entre líneas de hace una semana con uno de los versos de Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, gracias a la explicación que tuve de los que sí saben de esto y que me permitió imaginar lo que estaba detrás de lo que leía: mientras ella rezaba y cantaban las monjas en la capilla, ella se estaba quedando dormida, soñando que podía salir de ahí y por eso dice:

Con tardo vuelo y canto, del oído
mal, y aun peor del ánimo admitido,
la avergonzada Nictimene acecha
de las sagradas puertas los resquicios,
o de las claraboyas eminentes
los huecos más propicios...


Medio dormida, entre el rezo y el canto, la avergonzada monja, nocturna como el búho, sueña salir por el resquicio de la puerta o por las claraboyas eminentes, tal como escribió Sor Juana en este verso genial.

Así pude leer ahora, pero de otra forma, las entre líneas del jardín del poeta y su musa, pues estuvimos como huéspedes en su casa en Guadalajara. El poeta es Juan Palomar -y su musa es Viviana Kuri-, quien escribe todos los sábados su Diario de un espectador en El Informador de Guadalajara, que leo cada semana encantado de la vida, como esto que rescato ahora y que dice así: la altura de la estación entrega una de sus instantáneas: dos trazos de la luz sobre el muro rojo, habitante casi todo el año de las sombras. Los rayos hacen fulgurar su piel y revelan una textura desconocida.

Juan es poeta y también es arquitecto y por eso escribe estas líneas, porque bien sabe lo que es vivir en una casa habitada por las letras, el amor y la música. Él observa todo —como el jardín que lo rodea— hasta cuando el aire se despliega sobre el cielo anchuroso en una sola nube inmensa, blanquísima, puntuada por innumerables ventanas por las que asoma una pura transparencia insondable.

Al atardecer nos quedamos platicando en medio del jardín y recordaba lo que había escrito un día: la luna en creciente reparte sus luces y organiza así la silueta de un pájaro inmóvil y cambiante cuya figura guarda a toda la ciudad bajo su vuelo. Poco tarda el ave en desaparecer, sin que nadie lo note. Queda apenas la constancia de su presencia increíble en estas líneas.

Pude leer entre líneas todo el fin de semana para entender así la lucha casi centenaria del Jazmín de gruesas y retorcidas raíces y el Plúmbago de varas largas y tensas que en el verano próximo uno mostrará su blancura y soltará su lascivo perfume y, el otro, relucirá sus flores compitiendo con el azul del cielo.

Traté de escuchar las voces y los cantos: la chicharra en medio de sus pasiones; la paloma tartamuda con el buche hinchado y otros pájaros que dejan sus melodías a vistas pues, llegan y se quedan inmóviles antes de que desaparezcan... Pájaro de colores... De dónde habrá venido el nunca visto... Dura segundos; dura ahora, lo que estas líneas duren y hasta cuándo... quién sabe. Solo agregar que es un resplandor de gozo, una pura presencia que ella sola hace valer el día. Pura poesía en prosa.

Así, pues sucedió que había dos sillas de palo y una Ceiba. Dos, a la entrada, bajo el zaguán en calma... Ahí están, livianas y serviciales, esperando la conversación que vendrá, la pausa y la divagación, el rato de descanso. A una cuadra, la Ceiba explotó en una floración gozosa.

Al atardecer dejamos que la penumbra nos envolviera mientras volvíamos a contar alguna historia nunca antes contadas, como si fueran parte de ese resplandor del día que nos deja en qué pensar.