miércoles, 27 de abril de 2011

La elegancia del erizo

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 28 de abril, 2011.

(FOTO: el abrazo de Paloma y Renée en medio de su soledad). Con una edición de más de seiscientos mil ejemplares, Le hérison, traducida al español como La elegancia del erizo (Seix Barral, 2006) fue escrita por Muriel Barbery (1969-) quien logró interesar a Mona Achache (1981-), una joven directora de cine, para que entre las dos, escribieran el guión y se lanzaran a la pantalla grande con una de esas películas (a ahora también en DVD) en las que sale uno con el alma llena, llena de esperanza, llena de cariño por la vida, llena y apacible por haber podido confirmar que la soledad se puede tolerar entre libros y se puede enfrentar mejor si se acerca al otro para darle un abrazo cuando lo necesite.

El personaje principal es Paloma Josse, una niña genio de once años entrados a doce, encarnada por Garance Le Guillermic, una encantadora e inteligente niña que habla japonés, juega ajedrez chino y está más enterada que los adultos sobre muchos temas, incluyendo el psicoanálisis. Es una verdadera artista pero que, por su misma extravagancia, decide, al principio de esta historia, que no quiere quedar atrapada en la pecera de la vida y, por lo tanto, va a registrar filmando todo lo que está a su alrededor durante los siguientes 165 días que restan antes de cumplir los doce años, fecha en la que ha decidido morirse.

El universo es un edificio en un quartier résidentiel de París, en donde trabaja una conserje desde hace veintisiete años llamada Renée Michel (Josiane Balaskovic, 1950-), que parece erizo: amenazadora por fuera, cariñosa por dentro, tal como descubre Paloma a esta misteriosa mujer que hace la limpieza y conserva el orden del edificio pero que, de acuerdo a otra de las pesquisas en realidad ha encontrado el mejor de los escondites para ocultar sus secretos; Renée resulta ser el segundo pilar de esta obra que se sostiene cuando aparece un nuevo inquilino, Kakuro Ozu (Togo Igawa, 1946-), un elegante, distinguido y extravagante japonés que llega a vivir a ese edificio para instalarse como si viviera en Japón. Kakuro resulta ser el catalizador de la soledad de la niña y de la vieja conserje y, por su influencia, cambian y logran calentarse las manos frías.

Paloma nos asegura desde esa perspectiva que tiene, madura y complicada que, en esta vida, de lo que se trata es de vivir el momento: resultó ser toda una existencialista. Hay gatos y peces en las peceras; el padre de Paloma es político; su esposa llora y celebra con Champaña diez años de terapia antes de su antidepresivo y que Paloma ha ido guardando para su cumpleaños.

Todas las familias felices se parecen. Las infelices son únicas, como escribió León (como el gato de Renée) Tolstoi, el epígrafe de Ana Karenina con el que se tensa la obra mientras Paloma dibuja su diario con unos ideogramas en una cuadrícula de 165 cuadros pequeños donde traza los sucesos con tinta china y esos pinceles suaves como los que usan los japoneses cuando escriben con sus ideogramas en papel de arroz, grueso y arrugado.

La muerte del pescadito que se tragó una pastilla antidepresiva; el gato de Paloma que no lo dejan salir; el llanto cuando hay que llorar, porque así es la vida o porque sufrimos con la muerte de los seres a los que nos hemos acercado y les hemos dado un abrazo cuando más lo necesitaban: la vida es mucha desesperación, con algunos momentos de belleza, cuando el tiempo no es igual —escribió Paloma al final de la novela con toda razón.