La venganza total y definitiva

El Informador, Tertulia, sábado 30 de abril, 2011.

Cuando mi madre iba a tejer unos zapatitos para regalárselos a la hija de la amiga que pronto iba a tener un bebé, me pedía le sostuviera la madeja entre las manos para que ella fuese haciendo su bola de estambre. Si se enredaba, le soplaba al nudo y lo deshacía, como ahora intento hacerlo con los nudos de El trovador, la segunda de la trilogía de Verdi, entre Rigoletto y La Traviata, que hoy trasmiten en vivo desde el MET de NY al Auditorio Nacional de la ciudad de México, al Teatro Diana de Guadalajara y al Auditorio Elizondo de Monterrey. Los trovadores eran los cantautores del medioevo que recorrían los feudos, vihuela en mano, como lo hizo, Guillermo de Poitiers (1071-1127), cantando los romances imposibles, las tragedias o los héroes en las Cruzadas, como la primera que empezó en la época de Poitiers en el 1095 o como lo hace ahora en el 2011, Owain Phyfe, un moderno trovador (ver fotografía.)

El trovador también es la ópera que compuso Verdi después de su viaje a España, en donde pudo ver esa obra escrita por Antonio García Gutiérrez (1813-1884).

Se me hizo un poco el nudo y por eso le estoy soplando para deshacerlo. Primero, conociendo quiénes son los personajes principales como el trovador del título llamado Manrique; o el Conde de Luna y la cortejada condesa Leonor de Castilla e Inés, su confidente; Fernando, el narrador de la historia y Azucena, la hija de la... gitana y roba-chicos.
La historia la empieza Fernando —como las que nos contaba don Ventura en Santa Bárbara, allá en Tepa—, y nos cuenta cómo fue que se robaron de su cuna al hermano del Conde, hasta ahora perdido.

—Fue una gitana... —y así empiezo a desenredar la madeja—, una abbietta zingara, la fattucchiera perseguiata... una abyecta gitana, la hechicera fue perseguida, la roba-chicos que fue condenada a la hoguera mientras su hija Azucena huía y juraba vengarse.

Un día apareció el trovador cantando y enamorando a Leonor de Castilla a la que también deseaba el Conde de Luna y ahí es en donde se vuelve a enredar la madeja, pues los dos desean a la misma mujer y hay un duelo en donde el conde hiere al trovador y Leonor, enamorada de él, cree que ha muerto, pero resultó que Azucena a escondidas lo cura y al hacerlo sospecha que se trata del hermano perdido.

El Conde los hace prisioneros a los dos y Leonor, forzada por la situación, acepta casarse con el Conde si le permite entrar a la celda de su trovador. Nadie sabía que se había envenenado para morir en los brazos de este que será decapitado por órdenes del Conde, antes que Azucena le confiese que era su hermano.

La venganza fue total y definitiva y la bola de estambre quedó lista para hacer más zapatitos para otros recién nacidos.