¿Qué es más importante: la palabra o la música?

El Informador, Tertulia, sábado 22 de abril, 2011.

Esta fue la pregunta que se hizo Richard Strauss en 1942 cuando dramatizó su Capriccio, una de sus óperas menos conocidas de su repertorio y que hoy mismo a las 12:00 horas podremos disfrutar la transmisión desde el MET de Nueva York a las pantallas del Auditorio Nacional o del Teatro Diana en Guadalajara o del Auditorio Elizondo en Monterrey, para enterarnos qué fue lo que decidió la condesa Madeleine (Renée Fleming, ver foto), la musa que estaba entre la espada de Olivier, el poeta, y la pared de Flamand, el músico. En su Capriccio, Strauss explora la esencia de la ópera por sí misma mientras celebra el cumpleaños de la Condesa con música y poesía, en un duelo entre los representantes de esas dos bellas artes, para que podamos intervenir en aquello que ya había tratado Antonio Salieri (el mismo que envidió tanto a Mozart), desde que compuso su divertimento teatrale como Prima la musica e poi la parole (1786), con un libreto de Giovanni Battista Casti.

Todo sucede durante los preparativos del cumpleaños de la condesa Madeleine, cuando Flamand ensaya su sexteto recién compuesto y, Olivier, termina uno de sus sonetos y los dos discuten sobre los méritos de sus oficios, ventilando de esa manera los celos que les invaden y que no se atreven a explayar abiertamente.

Por su parte, el conde y hermano de Madeleine, está enamorado de Clairon una actriz y por eso, es imparcial en esta discusión y defiende la palabra, tal como lo hacía Goethe, sobre todo, si ella recitaba sus poemas en el escenario.

Olivier termina su soneto y defiende, como nosotros lo hacemos, porque era “la más hermosa composición de cuantas tiene la poesía italiana y española”, como lo recuerda Antonio Alatorre en Fiori di Sonetti (Aldus, 2001) y que, gracias a los traductores de Petrarca, luego florecieron en el Siglo de Oro español como podemos ver, entre cientos, este de Lope de Vega que dice:

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;


Como en otras ocasiones, trepado por las ramas de un árbol tan bueno como su sombra que me cobija, tengo que bajar y concluir el texto sobre Capriccio, la ópera que deberíamos ver para dilucidar, finalmente, qué es más importante si la poesía o la música o si todo esto no era sino un capricho.

Strauss termina con una incógnita y nosotros pensamos que, si pudiéramos haber aconsejado a la Condesa, le hubiéramos dicho que mejor no las compare, que se decida por el galán con el que le tiemblen las piernas y que lea toda la poesía que pueda, y escuche toda la música que quiera por el resto de su vida.