miércoles, 25 de mayo de 2011

El señor de la Montaña

El Informador, Tertulia, sábado 28 de mayo, 2011.

(St. Michel de Montaigne en la Dordoña, Francia). El disparador para este texto fue otro de Vargas Llosa en donde habla de La muerte de Montaigne (Tusquets Editores, 2011) escrita por el chileno Jorge Edwards, en donde reconstruye la vida de este hombre admirable, autor de los famosos Ensayos (selección publicada en Nuestros Clásicos, UNAM, 1997), que leemos una y otra vez, por capítulos y en donde logra plasmar lo que iba descubriendo, introspectivamente, para que consideremos de qué está hecho ese hombre que es una obra de arte... lo más bello del universo y paradigma del reino animal —como decía Hamlet.

Montaigne o el señor de la Montaña, como le decimos cariñosamente los hispanohablantes, fue un hombre con muchas facultades —infinitas diría el príncipe de Dinamarca— y una gran capacidad de reflexión.

Fue un observador del detalle, un erudito y un hombre frágil que sufrió en vida la muerte de su mejor amigo, Esteban de La Boëtie a quien había conocido en 1559 y, durante cuatro años se vio, por así decirlo, reflejado en un claro y fraternal espejo —como escribió Juan José Arreloa en la introducción de los Ensayos Escogidos de la UNAM—, su muerte temprana ensombreció la vida de Montaigne.

El año de 1570 fue el parteaguas en su vida, pues fue cuando no sólo se dedicó a editar y publicar —con cuidado y cariño el breve opúsculo y los treinta y nueve sonetos de su amigo La Boëtie—, sino que decidió abandonar sus cargos públicos para encerrarse en el tercer piso de la torre construida por su padre, un comerciante exitoso, en el Chateau de Saint Michel de Montaigne en la Dordoña, para dedicarse de tiempo completo no a relatar sus gestos, sino su esencia, sostenido en el principio filosófico de Sócrates que proponía, antes de cualquier otra cosa, el conocerse a si mismo.

Así, día con día, profundizó más y más en él —objeto y sujeto de investigación—, hasta lograr que su esencia trascienda y ocupe al ser humano y, por eso, hoy en día nos atañe, pues trata de ese hombre que se parece en su actuar a un ángel y, en su inteligencia, a un dios.

Por eso se dedicó a tejer con esos hilos con los que estamos hechos, para producir las diferentes facetas del hombre que hoy en día no pierden vigencia.

Quiero —decía Montaigne— razonamientos que descarguen lo más difícil... por eso encuentro desanimados los diálogos de Platón; las ideas se ahogan en las palabras, y yo lamento el tiempo que desperdicia en interlocuciones dilatadas e inútiles un hombre que tenía tantas cosas mejores que decir.

Así son estos Ensayos, claros, amables, contundentes, parsimoniosos y sin fanatismo alguno, como los pensamientos de los humanistas del XVI.