miércoles, 11 de mayo de 2011

Chucho Reyes y la belleza de vivir

El Informador, Tertulia, sábado 14 de mayo, 2011.
La nota sobre la inauguración ya se ha publicado, pero volver a escribir después de haber visto esas obras de arte que contribuyen con su gracia a la belleza de vivir, es algo que está fuera de lo planeado. Esas obras de arte son los papeles de China que ahora salieron a la luz, pintados por Jesús Chucho Reyes que, sólo de verlos, nos hace esbozar una sonrisa y confirmar que el arte, cuando es de a deveras, no tiene por que cargar con el peso de la solemnidad.

Hace un mes, Demetrio Sodi de la Tijera, delegado de la Miguel Hidalgo en la ciudad de México, inauguró el Centro Cultural Ex Capilla de Guadalupe, después de haber restaurado esa capilla como Dios manda, para beneficio y solaz de los habitantes de la ciudad.

La semana pasada, en coordinación con Catalina Corcuera, directora de la Casa Luis Barragán, casa que se encuentra en esa delegación, ofreció una muestra de la obra de Chucho Reyes (1880-1977), curada por Zoraida Gutiérrez Ospina, una artista talentosa y subdirectora de la Casa Luis Barragán.

La relación que hubo entre los dos artistas tapatíos fue notable y lo podemos comprobar cuando nos damos cuenta que Chucho Reyes fue el único artista que reconoció públicamente el arquitecto cuando recibió el Premio Pritzker en 1980 (el Nobel de arquitectura), asegurando que así como era esencial al arquitecto saber ver... quiero decir, ver de tal manera que no se sobreponga el análisis puramente racional, por eso, le rindo aquí homenaje a un gran amigo que, con su infalible buen gusto estético, fue maestro en el difícil arte de ver con inocencia. Aludo al pintor Chucho Reyes, a quien tanto me complace tener ahora la oportunidad de reconocerle públicamente la deuda que contraje con él por sus sabias enseñanzas.

Zoraida Gutiérrez Ospina entendió perfecto esa relación entre los dos grandes artistas y decidió levantar el telón para que ahora fuese Chucho Reyes el que partiera plaza con una muestra de algunos de esos papeles juguetones y frágiles, obras de arte efímero de las que Carlos Pellicer nos recuerda cuando un día cualquiera se le ocurrió pintar sobre papel de China y operó, así nada más, un acto de magia. Un parentesco indudable con el arte plumario de los mexicanos clásicos, con la que se refuerza la riqueza objetiva de este gran artista. Sangrante, el papel de China soporta en su fragilidad, quién sabe cómo (entre gallos y otras imágenes), la terrible imagen de Nuestro Señor martirizado.

En la Ex Capilla de Guadalupe podemos disfrutar de esas obras (no tan efímeras) que el artista fue capaz de trazar con una modestia que siempre lo caracterizó, pues sabíamos que era la espontaneidad misma —como dijo Enrique F. Gual—, puesta al servicio de esa gracia que tanto contribuye a la belleza de vivir.