Una vida paralela con el Gatopardo

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 26 de mayo, 2011.

¿No les ha pasado a ustedes que de pronto se encuentran a una persona que parece tiene una vida paralela, como Plutarco las buscó y la encontró entre los griegos y los romanos? Voy a contarles cómo encontré que Gisuseppe Tomassi Lampedusa (1896-1957) resulta ser algo que así como una vida paralela. Hace años estuve en el Corso Vannucci de la ciudad de Perugia en Italia y por ahí, caminando llegué a la Piazza Dante donde está el Cinema Teatro Turreno con la cartelera a la vista: Il Gattopardo (1963) de Luchino Visconti —basada en la novela de Lampedusa, Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma di Montechiano—, con Burt Lancaster como el Príncipe Salina, Alain Delon como Tancredo Falconieri, sobrino del Príncipe y Claudia Cardinale como Angélica Sedara, una despampanante belleza integrada al ámbito de Perugia. Desde entonces —los 70’s—, no he olvidado esta película y todavía no sé qué es mejor, si la novela o la versión de Visconti.

Luego le seguí la pista de su vida a Lampedusa, con quien me he identificado en varios temas: cuando imaginaba las Confesiones de Maclovia (El Equilibrista, 1995), mi primera novela, pensaba en las escenas del Gatopardo.

Hice un mapa del camino que recorrían en el verano cuando viajaba con su familia a Santa Margherita Belice —la Donafugatta del Gatopardo— villa equivalente al rancho de Santa Bárbara en Tepatitlán en las Confesiones. Marqué las escalas que hacían desde Palermo e imaginaba el día que podría hacer ese mismo viaje literario; más adelante, descubrí su amor por Shakespeare y las conferencias, talleres y cursos que ofrecía en su palacio de Palermo (destruido en la segunda Guerra Mundial) y, para colmo, comparto con sus Letters from England and Europe 1925-30, ese amor por Inglaterra, el hablar entre las mudas soledades y sus hábitos, mientras que mejoraba su inglés, disfrutaba de los clubes de gentlemen, de las carreras de caballos, del teatro y del humor e ingenio de los ingleses, descubrió a varios escritores y poetas y respiraba los aires del mismo Shakespeare, a quien conoció desde adolescente cuando vio Hamlet con una compañía de cómicos errantes en Santa Margherita.

Lampedusa empezó escribiendo esas cartas desde Londres cuando tenía 29 años y, dice David Glamour, que por eso están escritas con ese humor colorado e insidioso... donde se nota lo bien que la pasaba entre los ingleses, introvertidos como él... antes de hacer una parodia del Infierno de Dante.

Sus viajes por Inglaterra le permitieron confirmar eso que se decía de los ingleses: que sólo les importaba vender carbón y construir barcos de guerra, pero que, paradójicamente, tenían a los más sublimes poetas. Ese viaje tuvo un propósito literario —otra coincidencia más— y, un día, cuando estuvo en Stratford-upon-Avon (donde nació Shakespeare), salió a pasear con la luna llena esperando encontrarse con Puck, el lugarteniente de Oberon, el rey de las Hadas o con una Rosalinda contemporánea. En cambio, sólo encontró a una parejita que realizaba los últimos ritos del amor y entre una cosa y otra, mejor se fue a dormir a su Hotel Shakespeare, en su cuarto Falstaff —el padre putativo de Hal, príncipe de Gales—, donde se hospedó esos días feliz de la vida y donde en una ocasión encontré una de las claves para saber quién podría haber sido la dark lady de los sonetos de Shakespeare.

Por eso creo que si existen las vidas paralelas en el tiempo y el espacio, todo es cuestión de irlas encontrando.