miércoles, 1 de junio de 2011

Leonora creía que era un caballo

El Informador, Tertulia, sábado 4 de junio, 2011.


Desde niña, Leonora Carrington (1917-2011) sabía que cualquier leve ruido le recuerda el galope de un caballo, descubre la huella de cascos sobre la nieve, el blanco cegador de los copos conforma el lomo de una yegua inmensa que cubre la tierra, tal como lo cuenta Elena Poniatowska en su novela Leonora, (Seix Barral, 2011) construida con las entrevistas que le hizo desde 1952 y que vienen a cuento ahora que ha fallecido esta mujer, libre sobre todas las cosas y parte del movimiento creado después de la Primera Guerra Mundial cuando los surrealistas, antes dadaístas, adquirieron la capacidad de poner el arte al servicio de su imaginación... los seguidores de Breton y Freud eliminaron la razón y se abrieron al alto mundo del inconsciente.

Me quedé con la boca abierta al conocer la vida de Leonora a través de Elena asombrado de compartir con ella por varias cosas: la fuerza de su imaginación desde niña; su libertad sobre todas las cosas; su deseo de pintar todo eso que ella imaginaba; su decisión de abandonar la comodidad y la riqueza de su familia para irse a París en contra de los deseos de su padre —Harold Wilde Carrington, socio principal de Imperial Chemicals Industries (ICI)—, donde aprende a pintar y donde se enamora perdida de Max Ernst, su media naranja, su amante y su principal tutor del surrealismo, un artista con el que a pesar del miedo, Leonora se entusiasma; algo en los collages de Max la saca de sí misma, su crueldad la aterra... Todo es suyo para hacerlo como quiere.

Max estaba casado y su mujer no los dejaba en paz. Por eso tuvieron que huir a St. Martin d’Ardeche (en la región del Ródano-Alpes), donde los dos trabajaban y se iban a la orillita del río (a la sombra de un pirú) para bañarse desnudos.

Ella había encontrado que su mundo y sus sueños los podía representar si seguía los consejos de su amiga Eileen Agar: embarro la tela, le doy forma a mi inconsciente y si me atoro, me tomo una siesta. Cuando regreso al caballete la idea fluye. Procura no estar demasiado alerta, la conciencia inhibe, tal como lo descubrí que lo hacía Mary Stuart en México.

Cuando Leonora salió de su casa fue para no volver jamás. En 1940, destrozada y enloquecida por la pérdida de Max y los horrores de la Segunda Guerra Mundial huye con Renato Leduc, quien decía que hay que amar a tiempo y desatarse a tiempo para llegar a México, casarse con el fotógrafo húngaro, Chiki Weisz y pintar hasta la semana pasada, cuando se volvió a ir para siempre a los 94 años de edad, sola, como decía que siempre se había ido desde que salió de su casa cuando tenía veinte años para nunca jamás regresar.