La arquitectura popular: bella e inocente

El Informador, Tertulia, sábado 2 de julio, 2011.

Hace poco tiempo, la Universidad Internacional en Cuernavaca, Morelos, le otorgó al arquitecto Andrés Casillas de Alba (1934-) un reconocimiento Honoris Causa «por los altos, insignes, claros y muy singulares merecimientos en el ejercicio de la arquitectura» y, por eso, con la misma elegancia como lo hizo en 1994 cuando recibió el Premio Jalisco de Arquitectura, ofreció un discurso donde vuelve a retomar algunos de los argumentos que giran alrededor de la belleza y la honestidad de las obras arquitectónicas, así como, hacer una reflexión sobre la «fealdad» de algunas obras del siglo pasado.

Empezó recordando la belleza que había en «Cuernavaca, nuestra Ciudad», preguntándose dónde quedaron «los
 tejabanes de gran ala; dónde el amplio patio con su fuente, punto de
 reunión de todos; los profundos portales embaldosados que los 
protegían del sol, independientemente de la magia que se puede adivinar bajo 
su penumbra; dónde las calles que serpenteaban sobre la difícil
 topografía, bordeadas de muros honestos con sus aleros protectores que, curiosa y desgraciadamente, no tenían ningún árbol, cosa tan deseada en un clima como el nuestro.»

Habló de la arquitectura culta y la popular: la primera, tiene que ver con las obras diseñadas por arquitectos de profesión para terceros; la segunda, la que hacen sus propios moradores, anotando que el problema de la arquitectura culta incide en la escala de valores de sus creadores y en el tiempo que requieren los procesos de transformación. «Antes, tomaba siglos, en cambio ahora, unos cuantos meses. Antes, las formas evolucionaban en lo esencial; ahora, sólo en lo superficial, como podemos observar en las obras contemporáneas en donde la escala de valores ha cambiado de manera radical.»

»La arquitectura popular va en paralelo con la culta, como la hermana pobre que no ha tenido menor difusión de la que se merece —como señaló el arquitecto—, como son las casas e iglesias de los pescadores griegos; los pueblos Dogon en África Ecuatorial; los pueblos blancos de Andalucía o las casas de palma y caña de nuestras costas que participan de un doble común denominador: la belleza indiscutible y el hecho de haber sido construidas por sus propios moradores con la misma inocencia con la que un pájaro hace su nido.

»Ésa inocencia en su actitud creativa, ese no estar consciente de que se está haciendo una ‘obra de arte’, sino una casa para cobijar a la familia; esa ausencia de pretensiones artísticas o sociales, sumada a la propiedad con la que usan los materiales a la mano, es su origen y la frescura de esta arquitectura… todo lo que quieren hacer es construir una buena casa, tal y como la han hecho sus padres y sus abuelos.»