La importancia de ser Honesto

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 30 de junio, 2011.

(Brian Bedford director y actor como Lady Bracknell). Todo es un juego, un juego de palabras con doble sentido, como las que imaginó para esta obra de teatro Oscar Wilde (1854-1900) cuando la escribió, exilado en Worthing. Resulta ser todo un tratado de la misoginia, en donde aquellos que defienden a capa y espada su soltería, son los primeros en desear casarse, mientras que la obra transcurre plena de ingenio y mucho sentido del humor inglés, que la hace divertida y encantadora, sobre todo, con todos esos juegos de palabras que se ocultaban en la sociedad victoriana. La obra fue inspirada en Engaged (Comprometido) de William Schwenck Gilbert (1836-1911) y se basa en que todo aparentemente es un engaño, lejos de ser Honesto o Earnest (que suena igual que Ernesto) y aquí empieza todo lo que esta doble versión del nombre implica. Pero, como buena comedia, todo se va complicando con esos castillos que arman los mitómanos y que un día revientan, como una burbujas de jabón —o como una burbuja financieras, más conocida por algunos de ustedes—, y que deja a medio mundo encuerado, como esos bragados inversionistas que se montaron sobre los fondos de Madoff, hasta que se quedaron sin nada.

La semana pasada disfrutamos la transmisión desde Broadway en las pantallas del Lunario de esa obra clásica del XIX: The Importance of being Earnest o Ernesto, como muchos la traducen, pero que, sabemos implica ser un hombre serio, concienzudo y tal vez honesto, tal como no lo son Algernon Moncrieff o John Worthing (Jack) o Mis Prism, la institutriz y el reverendo Canon Chasuble (Casulla) —todos los nombres que inventó Wilde tienen su propia jiribilla, sin importar si su origen es anglo o francés. Se antoja traducirla como La importancia de ser Honesto, como fue el santo nacido en la ciudad de Nimes, Honesto de nombre, que vivió en el siglo III. Alfonso Reyes prefirió llamarla La importancia de ser Severo, tratando de conservar otro doble sentido.

Earnest lleva consigo su jiribilla y esa es la esencia de toda la obra, así como de la acción que se despliega en el escenario: todos aparentan ser lo que no son —¿nos suena conocido?— pero todas sus conversaciones siguen siendo vigentes, como esa que tiene Miss Prism con el Reverendo Casulla a quien le trae ganas desde hace rato y, antes que nada, le sugiere al reverendo que ya era hora de que debería casarse advirtiéndole que «los hombres deberían ser más prudentes; pues el celibato es lo que pierde a las naturalezas frágiles». Pero el Reverendo, por su parte, le pregunta porqué será «que los hombres que están casados, ya no tienen el mismo atractivo» y ella, ataca de nuevo diciéndole que «un hombre casado no tiene ningún atractivo… excepto para su esposa», y el Reverendo, medio inocentón, remata diciendo que «según le han dicho, muchas veces, ya ni siquiera para ellas son atractivos.»

Es la época victoriana llena de sus propios protocolos y la dote y otros asuntos relacionados con el futuro de las hijas o de las sobrinas, tiene que ver con lo que aparentamos y con lo que somos. Entre las dos verdades, Lady Bracknell se entera que Cecilia Cardew, una jovencita provinciana que pretendía a su sobrino, tiene una renta anual de treinta mil libras esterlinas, entonces, se sienta de nuevo y le dice a su tutor, míster Worthing, que sin duda «Cecilia me parece una muchacha muy seductora, ahora que la veo bien…»

El ritmo de la obra es constante y no baja de tono ni de ingenio en ningún momento: todos tienen sus secretos y todos los tratan con buen sentido del humor que se despliega hasta el final de la obra en medio de los enredos entre los jóvenes victorianos que pretenden guardar sus apariencias, entre la pasión que los envuelve.

Aquellos suertudos que viajen a Nueva York, la pueden ver en el American Airlines Theater en Broadway y ahí podrán escuchar a Lady Bracknell decir: «una mujer no debe decir nunca exactamente su edad… la sociedad londinense está llena de damas de elevadísimo alcurnia que, por su propia elección, se han quedado en los treinta y cinco.»