Leonora se fue sola, como siempre

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 2 de junio, 2011.

(Los delirios de Leonora Carrington). Un día Leonora Carrington (1917-2011) le confesó a Elena Poniatowska que la verdad es que jamás me había atrevido a buscar en mi inconsciente lo que él (Max Ernst) encontró en el suyo. Tengo adentro muchas imágenes que escondo para que no me descubran. A lo que más he llegado es a ponerle a Ozenfant (su maestro de pintura en París) una cabeza de urraca, pero lo que hace Max me aterra. Junto a él, la bestia de siete cabezas del Apocalipsis es una paloma —esto lo cuenta Elena en Leonora (Seix Barral, 2011), la novela que fue documentando desde 1952 para, finalmente, poder contarnos la vida de esta mujer extraordinaria, construida con esa serie de entrevistas que le hizo hasta hace poco. Después de leer esta novela se queda uno con la boca abierta al descubrir a la mujer detrás de la artista, así como, los orígenes y el ámbito del surrealismo o la fuerza de su imaginación, el ejercicio de su libertad sobre todas las cosas, su deseo de pintar desde que era niña para poder plasmar todo lo que se imaginaba y veía, así como, su valor para abandonar la comodidad y la riqueza de su familia para dedicarse a pintar, que era lo que ella quería.

En 1937, a los veinte años, Leonora sale de su casa para no volver: no me fui con Max. Me fui sola, siempre que me he ido, ha sido sola y así, se fue a París en contra de los deseos de su padre —Harold Wilde Carrington, socio principal de Imperial Chemicals Industries (ICI)—, donde aprendió a pintar y donde conoció y se enamoró de Max Ernst, poco antes de huir de Europa y de la Segunda Guerra Mundial con Renato Leduc, con quien llegó a México para vivir y a pintar toda su vida desde 1942, donde se casó con el fotógrafo húngaro Chiki Weisz con quien tuvo dos hijos.

En su juventud fue Max Ernst su media naranja, su amante y tutor del surrealismo con el que a pesar del miedo, Leonora se entusiasmó. Algo de los collages de Max la saca de sí misma, su crueldad la aterra. No pide prestado, se apropia, corta, mutila, disloca, embarra. Todo es suyo para hacerlo como quiere —tal como lo cuenta Elena.

Acosado por la esposa de Max tuvieron que huir a St. Martin d’Ardeche (Sureste de Francia), donde los dos vivieron un tiempo: se iban a la orillita del río (a la sombra de un pirú) y se bañaban desnudos. Leonora había encontrado cómo representar su sueños, siguiendo los consejos de Eileen Agar, pues ella embarraba la tela y le daba forma a su inconsciente y si me atoro, me tomo una siesta. Cuando regreso al caballete la idea fluye. Procura no estar demasiado alerta, pues la conciencia inhibe, este sistema creativo es como el que descubrí en Mary Stuart para sus obras de arte.

Leonora cree en las apariciones, no en las de la Virgen de Lourdes, sino en las de seres que surgen de pronto en la primera esquina y te dan la mano o te asaltan. Desde los dos años, al despertar, hablaba de sus visiones durante el sueño cuando Leonora ve caballos de hielo entre los árboles y cualquier leve ruido le recuerda el galope de un caballo, descubre la huella de cascos sobre la nieve y el blanco cegador de los copos conforma el lomo de una yegua inmensa que cubre la tierra.

Por eso, cuando descubre que lo que a ella le atrae les importa a los otros, entonces, se dedicó a expresar esas imágenes del inconsciente. Destrozada por la pérdida de Max, enloquecida, huye a México con Renato Leduc, un poeta que propone hay que amar a tiempo y desatarse a tiempo y desde 1942 que llegó se quedó en México hasta la semana pasada que se fue sola, a los 94 años de edad, como siempre se había ido sola, como decía.