miércoles, 22 de junio de 2011

Me siento allegro ma non tropo

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 23 de junio, 2011.


(Alma y Gustav Mahler, recién casados). Los músicos son los únicos que han podido definir con precisión el estado de ánimo con el que desean se interpreten sus obras para que éste se trasmita, tal cual, a la hora que las escuchemos. Al final de su estancia en la casa de campo que tenía en el lago Wörther en el verano de 1904, Gustav Mahler (1860-1911) dejó claro que su Sexta Sinfonía en la menor o Trágica debía de terminar con un Allegro moderato y Allegro enérgico.

Pero el estado de ánimo con el que la había empezado era muy diferente: estaba recién casado con Alma Schindler (1879-1964), una joven veinte años menor que él; a esa altura de su matrimonio ya tenía dos hijas: María (1902-1907) y Anna (1904-1988) una niña recién nacida. Por eso, esta obra no podía empezar más que con un Allegro enérgico, ma non tropo y, por si no le habían entendido bien los músicos insiste que sea Heftig, aber markig, vehemente pero conciso. En un momento dado, amorosamente trató de describir a su mujer musicalmente hablando en uno de sus temas que describían a Alma, mismo que escuchamos después del golpe de los timbales que anuncia la entrada del «tema de Alma».

Cuando empezamos a escuchar la historia que nos cuenta Mahler en esta abrumadora y festiva obra, no podemos menos que imaginarla circunscrita al ámbito de la alegría moderada y contenida. Por eso, si tomamos nota de las indicaciones de los músicos podríamos crear un catálogo que más tarde nos sirva para contestar, con la misma precisión que los músicos, nuestro estado de ánimo —como lo conoce mi amigo, el Notario, uno de los más prestigiados del país—, así podríamos contestar que hoy nos sentimos andante moderato o andante con moto aunque, esta respuesta no se las recomiendo, por aquellos de los malos entendidos, sobre todo, con los que no saben nada de música.

Pero, si tenemos duda de cómo es eso de sentirse andante moderato lo podemos lograr si escuchamos el segundo movimiento, para ver lo apacible y soñador que resulta, así como, contenido, como si no quisiera que se sepa lo feliz que estaba, no vaya a ser que los dioses se pongan celosos y tomen venganza.

Peros si nos sentimos Wuchtig, como lo propone Mahler en el tercer movimiento y entonces nos sentimos impetuosos, es porque sabemos que la semana que entra empieza la temporada con la Orquesta Sinfónica de Minería en la Sala Nezahuacóyotl del Centro Cultural de la UNAM, bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto, una temporada tan esperada que se ha convertido en un rito que se inicia con el tiempo de aguas —más deseado que nunca—, cuando huele a tierra mojada y el cielo está encapotado.

Esta Sinfonía la terminó de componer en 1904 cuando el alma de Gustav estaba más bien impetuosa mientras construía esta obra sin que Alma, ni nosotros, entendiéramos por qué, en el último movimiento nos ofrece un trágico final, como si fuera una premonición de las dificultades que enfrentaría primero con la muerte de su hija María de cuatro años de edad; la dimisión forzada de la Ópera de Viena y el diagnóstico de una enfermedad cardíaca incurable y, sin embargo, sabemos que es la Sinfonía «más personal de todas las que brotaron de su corazón», como lo describe Alma.

En esta temporada podremos apuntar varios estados de ánimo para agregar al catálogo de nuestra lista de sentimientos el allegro o enérgico antes de salir de los conciertos con el alma, no de Mahler, sino zufriden, satisfecha, por haber compartido eso que nos quiso decir Mahler en su Sexta Sinfonía y primera de la temporada.