Con la camisa al aire

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 7 de julio, 2011.


(La Alhambra, el Patio de los Arrayanes). Empiezan las vacaciones del verano. El cielo está encapotado y el tiempo se alarga todo lo que puede mientras cambia del galope al paso después de haberse estirado lo más que puede, tal como lo hacemos nosotros todas las mañanas. No hay clases y sabemos que son días de ocio, días en los que se antoja tirarse sobre la yerba —o la arena— para sentir con todo el cuerpo la tierra que nos sostiene; luego, esperar hasta ver que salga la Luna llena, grande y roja como una pelotota antes de quedarnos a escondidas para ver cómo van apareciendo las estrellas a su cita nocturna, apuradas algunas, como si estuviesen llegando tarde para verles su estela, como si fuesen esos fuegos artificiales que revientan antes de que amanezca y los rayos del sol se desparramen sobre la redondez de la Tierra adornando con su luz los blancos copetes de la Sierra Madre Occidental.

Es tiempo de soñar. Es tiempo de imaginarse el futuro y darle tiempo para que regrese la esperanza, como nos regresa cuando respiramos hondo y profundo. Es tiempo de tomar el pincel y esbozar en el aire cómo sería la vida de aquí en adelante y, al final de la jornada, hacer de esas pinceladas unos cuadros para una exposición acompañados por la música de Musorgski.

Es tiempo, pues, de disfrutar del ocio y no el negocio. Es tiempo de poder contemplar por un momento la belleza del universo y reconocer sus ciclos y, si andamos por el campo o por la playa, es tiempo de andar con la camisa al aire. No importa a dónde vamos, ni cuanto tiempo. No importa si sólo los vemos los fines de semana y nos cuentan sus encuentros y aventuras.

Tenemos tiempo para ponernos al día con las lecturas pendientes. Las Primeras historias de Joao Guimarães Rosa (Seix Barral, Biblioteca Breve, 1969) y el cuento La tercera orilla del río en donde nos cuenta que «nuestro padre era un hombre cumplido, de orden, positivo y fue así desde jovencito y niño, por lo que testimoniaron las diversas personas sensatas, cuando indagué la información. En lo que yo mismo recuerdo, él no parecía más extravagante ni más triste que los otros, conocidos nuestros…» Y así despliega un extraño juego entre el padre que un día se va en una canoa para no regresar y su hijo que lo espera hasta que es viejo y pide al final que «me depositen también en una simple canoa, en esa agua, que no cesa, de extendidas orillas…» y nosotros mejor cerramos los ojos y le agradecemos a Juan Rulfo la recomendación que nos hizo de este autor aquel día que nos preguntó si ya habíamos leído a este escritor brasileño que toma vuelo y transforma los sueños en realidades.

En una lejana vacación recorrimos el sur de España buscando la sombra, el rincón y el agua fresca mientras respirábamos el mismo aire que respiraron los árabes durante ochocientos años mientras construían su Alhambra, ese palacios delicados y sombrío en donde se escucha correr el agua sutilmente para que nos refresque envueltos en el perfume de la flor de naranja o de los arrayanes que todo lo permean. Hubo tiempo de recorrer la Costa del Sol hasta Almuñecar donde nos habían dicho que nació de la espuma del mar una diosa que, más tarde, le dio por cantar-por-soleá toda la noche.

Es tiempo de andar con la camisa al aire entre «los tiempos que cambian con la lenta prisa del tiempo» —como dice Guimarães— para tener por un momento, la sensación de libertad y disfrutar del ocio o gozo intelectual, como los griegos, para dejar el galope tendido, para que regresemos a casa con un trote más liviano.