DKS, el seductor compulsivo

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 28 de julio, 2011.

(La guineana Nafissatou Diallo con Robin Roberts, periodista de la ABC). Si el poder corrompe, la lujuria es el motor que mueve y lleva al hombre al borde del precipicio poniendo en peligro todo lo que haya logrado hasta ese mismo momento. Este es el caso de Dominique Strauss-Kahn (DKS), acusado de violar o forzar a Nafissatou Diallo, recamarera guineana que trabajaba en un hotel de lujo en Nueva York, como le pasó a Bill Clinton en 1998 cuando, siendo presidente de los EEUU y estando en el apogeo de su carrera, fue acusado de haber seducido a Mónica Lewinsky, la becaria de 22 años que trabajaba en la Casa Blanca para satisfacer su lujuria o para destensarse, poniendo en riesgo su matrimonio y su prestigio como el hombre más poderoso del planeta. Ese caso se conoció como el Zippergate, con lo que lo asociamos con los viejos vaqueros del Oeste que no podían vivir sin desenfundar la pistola.

La perversión sexual o la seducción compulsiva, como señalan a DKS, se repite en la historia y es un especie de demonio encarnado en una yegua desbocada que nadie puede contener hasta que caemos por el precipicio. Son muchos los casos que conocemos ya sea tomados de la vida real o de la ficción, que ilustran esa capacidad del hombre para desajustar sus valores y ponerse a jugar a la ruleta rusa con la misma pistola que andan cargando. Uno de ellos es el General romano que perdió todo, incapaz de resistir la voluptuosidad de la reina de Egipto quien había encontrado la forma de mantener a su lado a los poderosos romanos —por decirlo de alguna manera—, para que la dejaran reinar en sus territorios del Asia Menor. Filón fue ese soldado que acusó con amargura la lujuria de su jefe: mi General ya se pasó de la raya. Sus ojos, tan sensibles cuando desfilaba su tropa y que brillaban como Marte dorado, ahora, sólo se inclinan y concentran su fuerza en esa morena. Su corazón de capitán, que hacía estallar las hebillas de su peto en medio del fragor de las batallas, ha perdido su temple y, ahora, sólo sirve de fuelle y abanico para enfriar la lujuria de esa gitana, tal como empieza Antonio y Cleopatra de Shakespeare.

Otro seductor compulsivo fue el conde de Almaviva quien, en Las bodas de Fígaro de Mozart, deseaba vehementemente ejercer su derecho de pernada como era costumbre entre los nobles hasta que la Revolución Francesa acabó con ese derecho. Ahora, aunque ya es anacrónico y los nobles prácticamente han desaparecido, lo siguen ejerciendo los hombres poderosos y que, por eso, creen tener el derecho de desvirgar a quien se les antoje, como el conde Almaviva pretendía hacerlo con Susana, la doncella de la Condesa y la prometida de Fígaro y, ahora, el poderoso francés, con la inmigrante de Guinea.

La lujuria deslumbra y no permite al hombre ver los riesgos implícitos. La descarga eléctrica, esa que recorre la columna vertebral o la adrenalina que se genera nos hace caminar por la cuerda floja en busca del orgasmo sin ver el vacío, inconscientes del peligro que implica perder el gobierno o a la condesa, o el prestigio.

Pero tal parece que la seducción compulsiva es superior a las fuerzas de estos hombres, como fue para Antonio desde que conoció a la reina, tal como lo describe Enobarbo: de la barcaza salía un perfume que golpeaba los sentidos en el malecón cercano. La ciudad se lanzaba sobre ella para admirarla y Antonio, sentado a solas en su trono, en medio del mercado, silbando por el aire, salió volando para contemplar de cerca a Cleopatra.

Cleopatra fue amante de Julio César y por eso pudo implicar para Antonio la realización edípica de sus deseos que motivó al seductor compulsivo a perder el poder y la vida, con tal de montar a esa yegua desbocada, como era la cautivadora reina de Egipcio.