El huerto de los cerezos, como espejo

El Informador, Tertulia, sábado 30 de julio, 2011.

Despunta el alba de un día de mayo. La luz matinal es tenue y por la ventana de la sala se puede ver el jardín de los cerezos en flor. La blancura de sus flores armoniza con la claridad del horizonte que se Ilumina poco a poco y cuando escuchamos esto, nos preguntamos: ¿cómo podemos darnos cuenta de nuestras torpezas y no perder lo que más queremos? ¿Cómo evitar la catástrofe? ¿Cómo tener un buen espejo, como aquel amigo en quien podíamos ver nuestros defectos o en una buena obra de teatro como El huerto de los cerezos de Chejov (1860-1905), escrita un año antes que falleciera tal vez pensando que su «vida ha pasado como si nunca hubiera vivido», como escuchamos que dice el viejo Firs, al final de la obra y que nos permita ver lo que no vemos en nosotros?

Lyubóv Andréyevna (Zöe Wanamaker) es la dueña de la finca familiar que abandonó el mismo año que enviudó y que Grisha, su hijo de siete años, se ahogó en el río. Eso fue suficiente para huir al extranjero, casarse con un caza fortunas, perder su dinero y ser engañada para regresar al vientre materno, acompañada por el parlanchín de su hermano Leonid, de Anya, su hija menor y Charlotte, su institutriz.

Todo sucede en tinieblas o con la leve luz matinal, la tónica que quiso darle Howard Davies, el director de esta obra en el London National Theater, como si así no podamos ver la realidad tal como es, ni podemos distinguir entre la verdad y la mentira.

Tienen que pagar su deudas para no perder la finca con todo y el huerto de los cerezos, considerado el más bello de la región. Lyúba hace un balance entre sus culpas y sus pecados hasta que la oímos gritar: «¡Dios mío, no me castigues más!»

Ese fue el espejo en donde pudimos ver el contraste entre la fidelidad de Firs, el viejo sirviente y los abusos de Yasha, el nuevo empleado o Dunyásha que se creía una doncella. Y de Lopáhin, el hijo de un campesino, borracho y golpeador, que se ha convertido en un hombre de negocios exitoso, un depredador, como lo acusa el Trofómov, el no tan joven y eterno estudiante lleno de ilusiones por el cambio que predice el futuro de esa nación.

Cuando Lopáhin gana en la subasta pública la finca, empieza a talar los cerezos para construir daschas con las que hará un gran negocio, al mismo tiempo que compartimos la soledad de Várya, la hija adoptiva de Lyúba y ama de llaves de la finca que se queda soltera aunque no quiera.

Ese es el huerto de los cerezos en donde vemos, impávidos, cómo pierden todo para volver a empezar.