miércoles, 13 de julio de 2011

Las falsas expectativas con el Sub-17

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 14 de julio, 2011.

(Corredores griegos en la Olimpia, como los romanos en Las Lupercalias). Tanto los cronistas del Mundial Sub-17, como el presidente Felipe Calderón Hinojosa, parece que han tratado de darnos gato por liebre, equiparando los goles fortuitos e improvisados de unos jóvenes futbolistas talentosos con otras ideas en donde aseguran que “después de este triunfo, México no será el mismo”, tratando de confundir de esta manera la magnesia con la gimnasia e intentando sustituir la ineficiencia, la incultura y el caos, es decir, las peras con las manzanas de la discordia, para convertir el triunfo de un equipo de futbol juvenil —bien merecido—, en algo que va más allá de las fronteras del deporte, como si una cosa tuviese que ver con la otra, como si un triunfo estrictamente en la cancha viniese a sustituir los fracasos de un país que, en realidad, nunca más volverá a ser lo que era, copados como estamos ahora por la violencia, en medio de una guerra sin fin, en donde el crimen organizado, el narco y sus bloqueos —como el que acabo de ver en Morelia—, se han desbordado y los asesinatos indiscriminados en Monterrey o en Ixtapa se convierten en la noticia de todos los días.

Por desgracia, en este ámbito no se tienen los noventa minutos como los que tienen los jugadores en la cancha, sino que parece que es una pesadilla que no se acaba nunca como si fuese un juego sin límite de tiempo. Así que, no nos quieran dorar la píldora con la idea de que, por haber ganado un copa mundial, todo va a cambiar.

Mejor poner las cosas en su lugar y aceptar el fracaso y la impotencia de un gobierno y una sociedad que no ha sido capaz de negociar los cambios estructurales en lo económico, laboral, social y político y que sólo ha logrado ofrecernos un futuro incierto lleno de esas sensaciones en donde parece que todo es cuestión de tiempo para que se desmorone la sociedad que familiarmente ha destruido su escala de valores y no ha sabido contener a sus hijos que prefieren abandonar todo, para ser llevados por la aventura, aunque ésta implique la muerte temprana y como conejos lampareados por el deseo de ganar dinero fácil y pronto, y de tener cierto poder como ese que les da las armas o las drogas, no les importa vivir en el Averno y tener una vida breve como la luz de bengala que después de estallar se apaga.

Lo asocio con la fascinación que había entre los romanos por los jóvenes adolescentes que competían en Las Lupercalias en unas carreras celebraban con la misma algarabía como la del domingo pasado, mientras corrían desnudos por las calles de Roma.

Los jóvenes corrían en pelotas y golpeaban suavemente las palmas de las manos de las matronas que se encontraban en el camino para que pudiesen ser fértiles. Ellas los observaban para saber qué tan bien equipados estaban y poder ofrecerles a sus hijas, ávidas de desahogar ese alboroto que pululaba en el ambiente.

Todos nos divertimos viendo a los jóvenes correr por la cancha en medio del griterío y la excitación como si fuera unos «mercurios», mientras la raza vitoreaba «¡México, México, México!» durante noventa minutos: unas disfrazadas de vaina de chicharito, en una versión escultórica más bien fálica y, otros, con máscaras de luchadores y todos gritando «¡Puto!», cuando el portero uruguayo despejaba la pelota, como las matronas gritaban cuando los jóvenes pasaban cerca o eran tocadas en el vientre.

«¡Por los dioses! —gritó un soldado en la Olimpíada—, ¿qué clase de hombres son esos griegos que, en vez de estar defendiendo a su país (de los persas) están en Olimpia defendiendo su honor?»

Por todo esto, el «sí se puede» del fútbol no deja de ser una falsa expectativa en un país ensombrecido por la violencia, cuando hasta hace poco se vivía a pleno sol.