El poder de las masas y el vandalismo en Londres

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 18 de agosto, 2011.


(El alcalde de Londres, Boris Johnson limpiando las calles de Clapham Junction). David Cameron, el Primer Ministro inglés, condenó las escenas de vandalismo puro y simple, como las que sucedieron la semana pasada en el Reino Unido y se preguntó qué es lo que puede estar podrido en esa sociedad para que suceda esto. El lunes, hablaba de un colapso moral que afecta a ciertos sectores de la sociedad británica. Habría que saber las causas para diagnosticar la enfermedad y aplicar los remedios del caso. Una vez más, nos hemos sorprendidos de estos actos que, según Cameron, pertenecen a la criminalidad pura y sencilla. Hasta ahora, no ha sido posible conocer las causas —complejas y múltiples— ni el origen de todo esto que, seguramente, no es puro ni, mucho menos, sencillo.

Pero comprender la conducta cuando se deja de ser un individuo para convertirse en masa, es algo que se ha estudiado bien desde el siglo XX: «la masa le da al individuo —dice Freud en su tratado sobre esa Psicología— la impresión de tener un poder ilimitado y por eso se convierte en un peligro invencible. Sustituye, por un momento a la entera sociedad que es la encarnación de la autoridad, cuyos castigos se han temido y por la que nos imponemos tantas restricciones. Es peligroso situarse frente a ella y, para garantizar la propia seguridad, uno deberá seguir el ejemplo de lo que observa a su alrededor e, incluso, si es preciso, llegar a aullar como los lobos. Obedientes a esa nueva autoridad, habremos de hacer callar nuestra conciencia y ceder a la atracción del placer que seguramente alcanzaremos, por la cesación de nuestras inhibiciones. No habrá de asombrarnos que el individuo integrado a una masa haga o apruebe cosas que no hubiera hecho en condiciones normales, pero sí podemos esperar que estos hechos nos permitan entender mejor eso que conocemos con la enigmática palabra de ‘sugestión’».

Quién sabe cuántos años han pasado para que estos púberes, jóvenes y no tan jóvenes, locales e inmigrantes, que viven en los dominios del desempleo, quisieron expresar con esos actos de vandalismo su rechazo al sistema, incendiando coches, edificios viejos, atropellando a unos musulmanes que protegían su propiedad matando a uno de ellos y a otro, dejarlo igual pero a patadas cuando sólo intentaba evitar un incendio. Desafiar a la policía y robar todo lo que se pueda estando en la bola, resulta que es producto de «las inteligencias inferiores que atraen a las superiores y los individuos, intimados por la multitud, ven coartado su propio intelecto, pues cuando se integran a las masas, disminuye su conciencia y su responsabilidad», como lo sugiere Mac Dougall.

Lo que vimos la semana pasada en algunas ciudades del Reino Unido nos recordó nuestro verano del 68 en México, meses antes de que iniciaran las Olimpiadas concluyendo con una brutal represión en Tlaltelolco. Tal parece que ahora les toca a los ingleses antes de las Olimpíadas del 2012, como si fuera un calambre, a pesar de que la clase media y media alta es respetuosa de los derechos humanos, tiene una envidiable calidad de vida y son tolerantes de las otras razas, credos y culturas diferentes. Aunque los policías no tanto.

Estos infelices habitantes de esa Isla están dispuestos a cualquier cosa con tal de tener algo qué hacer, aunque sea destruyendo o matando a los del gueto de enfrente. La pobreza y la exclusión social, las dificultades para integrarse y dejar de ser minorías étnicas, forman las fronteras de los barrios bajos, entre el tráfico de drogas que provocan estos fenómenos terribles, cambios y horrores que trastornan, destrozan y desarraigan la calma de una sociedad y, como en la antigüedad, nos producen angustia, porque no sabemos lo qué pasará si no sabemos el origen detrás del vandalismo.