miércoles, 3 de agosto de 2011

La prohibición, las mafias y los cárteles

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 5 de agosto, 2011.

(Marlon Brando como Vito Corleone en El Padrino de Francis Ford Coppola). Los intelectuales son como la mafia: sólo se matan entre ellos, escribió Woody Allen entre otras cosas que vienen a cuento por aquello de la mafia instalada a partir de la prohibición del alcohol en los años 20’s del siglo pasado, relacionado con el auge de los Cárteles en estos tiempos. Todo empezó después que se implantó la Ley Seca en los Estados Unidos que prohibía la manufactura, venta, transporte, importación y exportación de bebidas alcohólicas, apenas unos años después de la Primera Guerra Mundial. La prohibición provocó el crecimiento de las mafias y, por lo tanto, del crimen organizado. Ahora se prohíbe el consumo de drogas y tal parece que los efectos son parecidos, aunque más destructores, pues las dos prohibiciones tienen el mismo pecado original: una sociedad que prefiere evadir su realidad.

Claro que el prestigio de los dos grupos es diferente: los narcos son recordados como unos héroes en los narco-corridos y en una que otra novela como la de La reina del Sur (ahora en el bote) y como la cantan Los Tigres del Norte con sus aventuras, tragedias y hechos consumados. En comparación, los mafiosos de Chicago son tema para varias películas, como el famoso Vito Corleone en El Padrino de Coppola o como los que inventó Woody Allen en Cómo acabar de una vez por todas con la cultura (Círculo de lectores, 2001), en donde narra cómo en 1921 Thomas (El Carnicero) Covello y Ciro (El Sastre) Santucci intentaron organizar diferentes grupos del hampa y, de esa manera, hacerse los amos de Chicago… El hermano de Lipsky, Mendy (alias Mendy Lewis, alias Mendy Larsen, alias Mendy Alias) vengó la muerte de Lipsky secuestrando al hermano de Santucci, Gaetano (conocido como Little Tony o Rabino Henry Sharpstein), sólo para devolverlo, unas semanas después empacado en veintisiete botes de mermelada. Esa fue la señal para iniciar el baño de sangre.

La discusiones sobre la legalización se mantienen en el aire (desde años que en Dinamarca ya se legalizó), pero por estos rumbos, los gobiernos y las sociedades no lo discuten y nadie considera si su consumo es parte de la decadencia. Mientras tanto, pasa por nuestra narices la marihuana —como la del camión que se volteó en Tlalpan la semana pasada— o en los submarinos desde Colombia con destino a los EEUU en donde gracias a su consumo se mueven millones de dólares (la guerra debería llevarse a cabo allá), pues ese consumo es el que provoca el movimiento millonario que justifica la existencia de Cárteles y contra Cárteles, como los «Mata Zetas» o el «Independiente de Acapulco» que, sin tanto relumbrón como la mafia, nacen, crecen y se reproducen para dominar en sus territorios. Por eso les suceden cosas como al famoso Columbraro que citó a todos los miembros de hampa a una cena en donde les pidió que terminara la guerra intestina, además que debían vestirse con decencia y dividir el territorio en partes iguales, siempre y cuando el de New Jersey fuese de su madre. Dos días más tarde, Columbraro se metió a una tina para darse un baño de asiento y hace más de setenta y seis años que no se la ha vuelto a ver, tal como lo cuenta Woody Allen.

El comercio ilegal reparte millones de dólares entre los que les permiten pasar o dar señales o no hacer nada y, desde hace décadas, miles son los infiltrados que reciben su premio aunque les puede pasar como a Vitale, cuando Little Petey lo convenció que fuera a una fiesta y, al entrar disfrazado de ratón gigante, quedó como coladera por la ráfaga que recibió de las ametralladoras.