jueves, 11 de agosto de 2011

La vida, como si no la hubiéramos vivido

El Informador, Tertulia, sábado 13 de agosto, 2011.


Estoy seguro que de algo sirve el buen teatro y lo vengo diciendo desde hace tiempo porque, sin duda, es un buen espejo o, como dijo Vargas Llosa, es el mejor simulacro que existe en la vida y que se parece más a nosotros porque, durante el tiempo que dura esa otra vida en el escenario, cuando los actores viven de verdad lo que hacen y dicen, nos fuerzan a vivirlo con ellos para ser otros o, como opinaba Marcos Ordoñez después de haber visto una buena puesta en escena de Las tres hermanas de Chejov: el teatro es un lugar cuyo objetivo es la construcción de la verdad, sin mesianismos, por pura supervivencia.

Digo esto porque, después de haber visto El huerto de los cerezos, también de Chejov, las verdades que dijo e hizo el viejo sirviente Firz me han impactado y servido, por eso digo que el teatro sirve de algo en esta vida.

Una, cuando recordó que la cereza (como las que crecían en ese huerto) se vendía en grandes cantidades, pues la cereza era blanda, agradable al gusto, jugosa y aromática… y se conocía bien el método para prepararla como Dios manda. Como eso me quedó claro, al día siguiente me compré unas cerezas —blandas, agradables al gusto, jugosas y aromáticas— que se han convertido en una postre delicioso con un poco de crema y una cucharadita de azúcar espolvoreada.
Ahora, como en los viejos tiempos en esa finca rusa, se han convertido en toda una delicia y no sólo como adorno en los Old Fashion como los que preparé en la pasada Navidad.

Otra de las verdades que nos presenta este viejo sirviente tiene que ver con la fidelidad, como la que parece que ya no existe en el mundo y que, en México, todavía existe.

Y el tercero de los impactos con el viejo Firz fue un claro espejo: al final de la obra nos enteramos que todos se habían ido de la finca y se habían olvidado de él, sabiendo que estaba enfermo. Dieron por hecho que alguien, quién sabe quién, lo había llevado a un hospital quién sabe dónde. Cuando salió y no había nadie, se preparó para morir, diciendo esto: —Se han ido… ¡Me han olvidado!... No importa, aquí esperaré… La vida ya pasó y parece como si no la hubiera vivido.

Y yo, me quedé helado al escuchar esto porque vi en ese espejo que no importa los años que tengamos o los que tengan nuestros amigos mayores, la sensación es la misma que tuvo Chejov unos meses antes de morir, pues fue quien sentía esto que escribió y puso en boca del viejo Firz: que la vida pasa tan rápido como si no la hubiéramos vivido.