La soledad en el mundo virtual

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 8 de septiembre, 2011.
Alrededor de la música de Henry Purcell (1659-1695) han tejido una obra que usa como hilo la soledad, esa que provoca se asome una lágrima apenas empieza y se mantenga al borde desde el mismo momento que Rubén Barroeta, un joven contratenor, empieza a cantar Solitude y el dolor se hace presente al imaginar la crisis en la que podemos caer cuando no podemos relacionarnos por más comunicados que estemos con el chating, enmascarados por nuestro avatar en donde aparentando ser lo que queramos ser. La voz se queja y nos duele como nos duele la soledad en la que podemos vivir y que nos hace sufrir mientras vemos cómo va apareciendo el coro en escena, sin contacto alguno, aunque saben que están por allí. Se trata de un mundo virtual.

Dulce amor —dice el soneto cantado—, renueva tu fuerza —y mientras cantan nos ponemos a rezar pensando en los que quisiéramos que renovaran su amor antes que se colapsen y vivan esa soledad brutal por ausencia. La lágrima se mantiene al borde y seguimos a la expectativa—, que no se diga que tu filo se mella fácilmente como el apetito que, apenas hoy, apaciguado por el alimento, se despierte mañana afilado con su típico vigor.

No exagero si digo que es la obra más bella que he visto en lo que va del año y no exagero tampoco si digo que es un experimento gozoso, una obra de arte donde escuchamos la música del compositor inglés del XVII y vemos cómo, mientras cantan, se construye una fina tela de araña que brilla contrastando la música de esa época con una escenografía del mundo virtual o de los video juegos que abundan y agravan más que resuelven la soledad en la que vivimos y nosotros, desesperados, no podemos desatar esos nudos gordiandos, aunque deseamos se resuelva la soledad en la que vivimos. Impávidos como buenos espectadores disfrutamos de las voces y del laúd, una y la siguiente de las canciones con esas voces frescas y jóvenes, suaves y desesperadas hasta que, de repente, vemos como en un sueño unas blancas sombras de ciervos en un bosque imaginario o a los alpinistas en la cima nevada de los Alpes o a los chateadores nocturnos en busca de compañía: así, amor, sé tú; si bien hoy has satisfecho tus hambrientos ojos hasta que se cierran saciados, mira nuevamente mañana, sin que mates al espíritu del amor con tu perpetuo embotamiento.

Solitude es el resultado de una residencia artística de la coreógrafa y video-artista Vivian Cruz y la Muziktheater Transparant del belga Wouter van Looy y su puesta en escena la podrán ver en el Teatro Jiménez Rueda de la ciudad de México (hasta el 18 de septiembre), cerca del renovado monumento a la Revolución y sus lúdicas fuentes brotantes.

Pierre Louis Rétat es el director de la orquesta de cámara que dirige las flautas de madera, el laúd, la viola da gamba y las cuerdas que apoyan lo que cantan en el espacio virtual diseñado por Tenzig Ortega y Héctor Cruz al ritmo de la música de Purcell: deja que este triste intervalo sea como el océano que surge de la playa, en donde los prometidos llegan diario a su orilla para que, cuando el amor haya regresado, sea más venturoso el paisaje.

Entran y salen, leemos lo que chatean y vemos los ojos de ella que se ponen como los nuestros, nublados por la desesperación de vivir su soledad, impotentes, sin poder hacer algo por resolverla. Una obra de arte de Van Looy, con treinta y cinco actores, cantantes y bailarines jovencitos que nos dejaron con la lágrima al borde felices de haber tenido el privilegio de disfrutarla: o llámalo invierno que, lleno de rigores, hace que la bienvenida al verano sea tres veces más deseada y más extraña.