¡Mi reino por un caballo!


El Informador, Tertulia del sábado 24 de septiembre del 2011. «La maldad también seduce», comentó José Barba-Martín al término de la puesta en escena de Ricardo III (Un sueño) con Erando González como autor y actor de esa obra. ¿De qué manera nos tenemos que sentir para ofrecer a cambio todo lo tenemos —o más bien, lo que teníamos—, por un caballo o por algo que nos permita salir del callejón en el que nos hemos metido? ¿No será Muamar Gadafi quien esté pidiendo a gritos su caballo por todos sus tesoros? Este fue el grito que dio Ricardo III al término de la batalla de Bosworth al final del siglo XV cuando sabía que estaba perdido este reconocido villano, ese «fascinante asesino y monstruo seductor», como lo tacha Erando en la adaptación de la obra original y que esta semana se pudo en escena en el ITAM de la ciudad de México, ese hombre que  nos convence de su villanía, pero nos encanta su maldito sentido del humor negro como la tinta china, sobre todo cuando escuchamos dos breves soliloquios: uno, antes de la batalla y otro, al final de su encuentro con Lady Ana.

Ricardo III es el lado oscuro del liderazgo como el que practican los monarcas —esos pocos que quedan en el Oriente Próximo—, los tiranos «banderas» o los dictadores —como todavía tenemos algunos ejemplares en Latinoamérica—, que usan el poder como arma mortal en contra de los que se oponen a sus caprichos.

Primero manda matar a su hermano Clarence y la culpa de ese suceso le rebota a su hermano mayor, el frágil y enfermizo rey Eduardo IV, quien muere al recibir la noticia como los toros de lidia con la puntilla. Luego, acaba con sus sobrinos: el mayor, aunque menor de edad, heredero del trono.

Pero su cinismo llega al máximo cuando seduce a Lady Ana mientras entierra a su suegro (Enrique VI) y a su esposo (el príncipe), víctimas de Ricardo al final de la Guerra de las dos Rosas: «Ha terminado el invierno de la destemplanza y ahora es el sol (sun-hijo-son) de York» el que calentará el reino de Inglaterra.

Lady Ana lo acepta y después de besarla triunfante, Ricardo III se voltea con nosotros y nos dice: ¿Cuándo una mujer cedió a tal cortejo? ¿Conocen a alguien que haya sido conquistada de esta manera? Maté al esposo y al padre y ahora se ha rendido a este odio extremo… sí, la tengo… sí, pero será por poco tiempo.

Desesperado pide: ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo! Y el espectro de su hermano que le pesaba sobre su alma sale a combatir como otro más: ¡Mi reino por un caballo!