¿Quién dice que los elefantes no pueden bailar?


Infosel, Crónica cultural, jueves 29 de septiembre, 2011.
John Gielgud como Próspero en la versión de Peter Greenaway (1991).
Todo ser, si cambia de algún modo provechoso entre las complejas y variables condiciones de vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir y, de ser así, poder ser naturalmente seleccionado, esta una de tantas conclusiones a las que llegó Charles Darwin después de dedicar su vida a la investigación de todo aquello que tenía que ver con la evolución de las especies. Un buen ejemplo de esto, lo tenemos en el siglo XX con el cambio dramático que pudo hacer Louis V. Gerstner Jr., CEO de la corporación IBM, de tal manera que pudieran sobrevivir, tal como lo relata en Who Says Elephants Can’t Dance? Leading a great enterprise through dramatic change, (Harper Business, Nueva York, 2002).

Otro más, en donde podemos ver cómo realizar un cambio no sólo para sobrevivir sino para que las nuevas generaciones puedan tener mejores expectativas de vida, es la historia de La tempestad que Shakespeare escribió en 1611 y que fue la última obra escrita por él de manera completa en donde Próspero el mago dirige los cambios necesarios para recuperar su ducado y casar a su hija Miranda con Ferdinando, el príncipe de Nápoles, para que los dos de esa generación pudieran enfrentar mejor el futuro.

Hacía doce años que Próspero había sido traicionado por su hermano Antonio quien lo exilió con todo y su pequeña hija Miranda en un barco destartalado —con ganas de que se hundieran—, pero que, por fortuna, llegaron con vida a una isla, tal vez cerca de las Bermudas. Doce años después, convertido en un mago poderoso, provoca la tempestad en donde su enemigos serían ahora náufragos en su isla.

Aterrada Miranda de ver lo que es capaz de hacer su padre le suplica le explique lo que ha hecho y él le contesta: «yo, que sé leer el futuro, sabía que en este momento pendía sobre nosotros un astro propicio y utilicé su influencia para que no nos hundiéramos para siempre». Y nosotros nos quedamos boquiabiertos.


Qué envidia poder leer el futuro como lo hace Próspero o como lo hizo Gestner Jr., pues aquel que pueda hacerlo es un ganador, pues conociendo el futuro podremos hacer los cambios que se necesitan y tener una mayor «probabilidad de sobrevivir». Seguro que se requieren ciertas habilidades para poder hacerlo, por ejemplo, jugar con los riesgos implícitos en los cambios y conocer el momento en el que hay que hacerlo o, como decía el poeta Leduc, «amar a tiempo y desatarse a tiempo».

Gestner Jr., sabía que estaban por naufragar y que por momentos, el gran trasatlántico de IBM se iba a pique en medio de la tormenta o como el RMS Titantic, después de haber chocado con un iceberg. Louis como Gonzalo, el consejero del rey de Nápoles, estaban desesperados y dispuestos a dar «mil hectáreas de mar por unos metros de tierra firme, aunque estuvieran llenos de matorrales».

Las buenas obras de teatro tienen varias lecturas depende del cristal con el que se miren o de la perspectiva con la que se vea. Richard Olivier tomó esta obra y con ella revisa varios aspectos y actitudes frente al cambio (como arquitecto o como víctima) para poder sobrevivir. Peter Greenaway la interpreta como un sueño erótico (Prospero’s Books) y ahora, la versión puesta en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón (UNAM) con la traducción de Alfredo Michel e Ignacio López Tarso como Próspero, se le agradece que declame bien sus parlamentos aunque lo hace sin magia alguna pero, por lo menos, se le entiende en esta puesta en escena que es una versión desguanzada al estilo Televisa en donde «tratan de encontrar la verdad y por eso se desatan las tempestades internas del odio, el miedo, le envidia, el rencor y la venganza y, al final el perdón