miércoles, 12 de octubre de 2011

Apología sobre la expulsión de los jesuitas


INFOSEL, Crónica cultural. Jueves 13 de octubre, 2011.

Los jesuitas oficiando misa en una misión en México (1767)
Antes de 1767 los jesuitas fueron acusados de varias cosas: de servir a la curia romana en detrimento de las prerrogativas de Carlos III de España; de fomentar las doctrinas probabilistas en donde el éxito de una acción justificaba los medios, aunque el éxito fuese sólo una especulación; de simpatizar con el regicidio y de provocar varios motines en Madrid como el de Esquilache, además de haber acumulado grandes riquezas, dominar la política en el Vaticano y haber aflojado la moral en sus colegios y universidades. Por todo esto y más, en la primavera de 1767 los desterraron del territorio del Imperio en una maniobra política conocida como la «pesquisa secreta» que fue diseñada un año antes.

Con una efectividad y un sigilo sin precedentes, en la madrugada del 2 de abril de 1767 y a la misma hora considerando el uso horario de cada país, ya fuese Filipinas o la selva del Amazonas o la ciudad de México y sus misiones por toda la República, los tomaron en cada uno de los rincones del imperio con lo que tenían puesto y se los llevaron al tres veces H. Puerto de Veracruz para embarcarlos a Italia. Algunos se instalaron en Roma, otros en Bolonia y más tarde en la Rusia de Catalina la Grande (1729-1796) en donde, dicen, enseñaron matemáticas como nadie lo había hecho.

«Los jesuitas llegaron a México de noche, para pasar desapercibidos y que no se interrumpiera su misión con encargos y festejos. Doscientos años después los desterraron evitando que los mexicanos se pusieran a su lado, porque en los años que aquí estuvieron, se granjearon el afecto de las generaciones, concitaron envidias y enojos y terminaron alucinando al despótico gobierno español, quien, para asombro del universo, los expulsó del imperio», así escribió Pablo Soler Frost en 1767, novela publicada por Joaquín Mortiz en 2004 en donde nos da cuenta de los meses de premoniciones —como el idus de marzo del 44 a.C., en la Roma de Julio César—, antes de ser expulsados para que «su paciencia frente a las adversidades se hiciera una ciencia y, en el exilio, compusieran algunos de los mejores libros mexicanos.»

El jueves pasado se estrenó La expulsión en el Teatro Julio Jiménez Rueda, una obra producida por Enrique González Torres, jesuita y ex rector de la UIA, escrita por José Ramón Enríquez y dirigida por Luis de Tavira —ex jesuita y director de la Compañía Nacional de Teatro—, construida con trece cuadros (plásticos), cada uno con una escenografía e iluminación espectacular, con un vestuario como el de los cortesanos de primera —aunque las sotanas de los jesuitas dejaron qué desear— y todo con una «ingeniería escenográfica» tal como acostumbra hacerlo Tavira, con plataformas que suben, bajan y se inclinan sin ningún sentido dramático, ni aportación alguna a la obra, con una exégesis del Caballito —Carlos IV de España de Manuel Tolsa— donde José de Gálvez aparece montado con espada en ristre en eso que debió ser el patio de armas del Palacio Virreinal que causó cierta risa.

Son trece cuadros que pasan, uno tras otro, en más de tres horas carentes de tensión dramática, convertidos en una historia lineal, o una loa de la expulsión de los jesuitas con todo y ritos y rituales —como el noviciado o los ropajes babilónicos de los sacerdotes después de oficiar misa— y la presencia de algunos de sus protagonistas como Francisco Javier Clavijero (1731-1787), quien propone volver la mirada hacia delante, pues el destierro era mirar hacia atrás, «donde estaba la patria.» Si sobrevivían a esa expulsión, saldrían más fortalecidos. En contra las predicciones, tres años después del grito de Independencia y cuarenta y seis de su expulsión, regresaban a México para que terminara esta historia contada con varios discursos cultos y una ridícula la lectura de poemas con eco en cada verso, que terminaron por hacer tediosa la puesta en escena que terminaba finalmente, recordando uno de los jesuitas: «sabios, educadores, misioneros, mostraron lo mejor de las culturas de nuestro mestizaje y su lección para nosotros consiste en el orgullo con el que firmaban ¡mexicanos!