miércoles, 26 de octubre de 2011

Don Juan de todos los tiempos

INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 27 de octubre, 2011.

Peter Mattei, Don Giovanni, un barítono sueco en la versión del MET    
Don Giovanni es el don Juan de todos los tiempos, el mujeriego implacable o, como dicen ahora, el adicto al sexo. Es un hombre que se la pasa brincando de un catre al otro sin importarle si es gorda o flaca, vieja o joven, alta o chaparra, tal como lo relata Leporello, su sirviente, responsable de mantener esa larga lista —increíble— en un catálogo donde queda registrado cada una de las conquistas de su amo, para referirse a ella en el aria de la quinta escena para entretener, digamos, a doña Elvira que llega apremiando a don Juan, mientras éste se escapa de sus garras: Madamina, il catalogo è questo, delle belle che amò il padron mio, “un catálogo que yo preparé. Lea conmigo, le dice a doña Elvira que se quedó parada como novia de pueblo: en Italia, seiscientas cuarenta; en Alemania, doscientas treinta y una; cien en Francia y noventa y una en Turquía… ¡Ah!, pero, en España… son ya… mille e tre. Hay de todo, campesinas, camareras, ciudadanas; hay condesas, baronesas, hay marquesas y princesas. Hay mujeres de toda condición, forma y edad. A las rubias las alaba con galanura; a las morenas con constancia y a las blancas con dulzura. A las gordas las prefiere en el invierno y en verano a las flacas; las altas, dice que son majestuosas y, las pequeñas, graciosas. A las viejas las conquista sólo para sumarlas a esta lista, pero, su pasión predominante…, su pasión predominante…, es la joven principiante.”

Sin duda, una de las mejores óperas de Mozart que este sábado la podremos disfrutar en la transmisión en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York en las pantallas del Auditorio en la ciudad de México, en las del Teatro Diana de Guadalajara, o el Auditorio de Monterrey y el Teatro Macedonio Alcalá de Oaxaca, con una producción que sólo puede costear el MET y un reparto que suponemos es de primera, entre ellos, Ramón Vargas como don Octavio, el pretendiente oficial de doña Ana que ha sido burlada por el conquistador quien, al escapar, enfrenta en un duelo al Comendador y padre de Ana. Nunca sabremos (las lecturas de una obra maestra) si la tristeza y el coraje de Ana es por haber sido despreciada o por la muerte de su padre: odio y amo, decía Catulo, en esa dualidad de sentimientos cuando interviene el loco y ciego de Cupido que lanza sus flechas al azar y eso que pudo haber sido una violación, se ha transformado en un deseo insatisfecho.

Pero la vida amorosa de don Giovanni va en decadencia y cada vez se le complican más las cosas cuando trata de salir del atolladero. El engaño tiene sus límites, como todo en esta vida, sobre todo, si está envuelto con el fino papel del cinismo y la vanidad. La música no puede ser mejor y su integración con la letra y la trama van de la mano, como cuando don Juan desea a Zerlina, la campesina y novia de Masseto y les tiembla la voz nada más de imaginar el placer de hacer el amor con esta mujer a escondidas. Lo sabemos porque, cuando le pregunta don Giovanni si se ven, lo hace trémulo y lleno de ansiedad le pregunta si donde se van a ver se darían la mano, por decirlo de esa manera: Là ci d’arem la mano, là mi direte sì… Y ella, entre el deseo y la culpa, le contesta que quiere, pero que no quisiera —e igual de trémula le dice: Vorrei, e non vorrei... quiero y no quiero… pues sabe que sería feliz, pero sabe también que podrá ser engañada.

El gran final nos lleva a los infiernos cuando el Comendador —muerto— llega a cenar con don Giovanni, era el invitado de piedra que es recibido sin temor alguno. A cenar vengo —dice el Comendador con voz de bajo profundo— y con la música parece que la tierra tiembla y se abran las fauces del Averno para que don Juan se pregunte: ¿qué funesto temblor se apodera de mi espíritu?, ¿quién tortura mi alma? Y, al darle la mano, grita antes de caer en lo que no tiene fondo y está en medio de las llamas.