jueves, 6 de octubre de 2011

Los tragasapos y los tiranos


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 6 de octubre, 2011.

El poder no tiene desventajas. Es uno y compacto; se centra en sí mismo y existe sólo para sí. Incorregible. No lo alteran la tentación ni las súplicas, dice Hazlitt un crítico de finales del XVIII y principios del XIX en un pequeño ensayo De la relación entre los tragasapos y los tiranos en la traducción de Jesús Silva-Herzog Márquez, editado por Ditoria Hormiga como parte de su Colección del Semáforo, un librito de veinte páginas hecho en sus talleres de Guadalajara, con un tamaño (realmente) de bolsillo (13.5 x 10.5 cm), impreso con tipografía caliente, como la que utilizaban los tipógrafos a principios del siglo XX con letras fundidas en plomo.

En este ensayo Hazlitt critica a los que son capaces de sacrificar todo principio digno y amable, al morboso, enfermizo, afeminado, minúsculo, egoísta, irascible y sucio espíritu de autoridad, habla de los que no sobreviven más que con el patrocinio de los grandes y por eso, han vendido su alma, si no al diablo, como el doctor Fausto, sí a los poderosos, a esos panzones —como les llama Hazlitt—, víctimas de los encantos del poder que llega para prostituirlos, tal como fue testigo Hazlitt antes, en y después de la Revolución Francesa —entre 1789 y 1799—, cuando el escritor era un joven de 21 años de edad.

El hombre es una animal que traga sapos. La admiración del poder ajeno es tan común en el hombre como el amor al poder propio y, con esto, se lanza y nos muestra la relación que hay entre los que matan la vaca y aquellos que le agarran la pata y lo hace con diferentes argumentos, como el de la doble relación entre los que necesitan ser dominados y los que necesitan dominar a sus huestes: un esclavo sin esperanza ni consuelo se aferra a esa quimera de majestad que insulta su miseria y su desesperación.

Dice que se lleva a cabo una simetría perfecta entre la tiranía que ha despojado de todo sentido la libertad de los hombres y acaba con cualquier impulso que se le resista, disminuyendo y reprimiendo los deseos de luchar en su contra, exigiendo cada vez más lealtad, mientras les ofrece las sobras de un día cualquiera. Por eso, dice que hay una relación mutua y recíproca: al más terrible despotismo, corresponde la sumisión más abyecta.

Hazlitt abre una y otra puerta de más y luego nos abre las ventanas de par en par para que podamos asomarnos y entender así lo que sucede en esa relación absurda, como la que puede haber entre los poderosos y los miserables: el hombre es, naturalmente, un adorador de ídolos y un amante de reyes. Y nada puede hacer la razón pura —dice Hazlitt—, pues es la ignorancia forrada de supersticiones —como si un especie de pecado original— el que no les permite levantar la cabeza, y es por eso que la causa de la libertad se pierde mientras el despotismo florece.

Qué buen rescate hizo Jesús Silva-Hérzog Márquez de esta pequeña obra de Hazlitt, pues, además de su brevedad —que lo hace doblemente bueno—, nos permite entender el comportamiento sumiso frente a la tiranía y con eso, encontrar esas analogía que existen en nuestros días que se basan en esta hipótesis, pues los principios de la llamada idolatría siguen siendo los mismos: la necesidad de encontrar una autoridad a la que veneremos, sin saber por qué se le admira.

También habla de esos intelectuales vanidosos y nos explica los mecanismos que los llevan a despreciar la verdad y negar la realidad simplemente porque no fueron ellos los que la descubrieron y que por eso dicen que ese objeto a criticar, no sirve para nada.

Bruto conocía a Cicerón. Cuando le preguntan por qué no invitarlo a la conspiración en contra de Julio César el idus de marzo, Bruto les dice que no, porque él lo conoce bien y ¡jamás se unirá a cosa alguna que otro empiece! ¡Claro que lo conocía! Pues, esa gente sólo admite que algo está bien o mal en el mundo, si ha sido él quien lo descubre… y así, las mejores cosas del planeta son las peores… porque él no fue quien las descubrió.