jueves, 27 de octubre de 2011

Una flauta mágica o el amor que todo lo vence


El Informador, Tertulia, sábado 29 de octubre, 2011.

Peter Brook es un leyenda viviente. En estos días, mientras en Guadalajara llegaban a la recta final los deportistas para ver quién lograba más medallas que brillaran bajo el cielo tapatío, en Guanajuato y, luego, en la ciudad de México, tuvimos la fortuna de ver a esa estrella con la última adaptación y dirección hecha por esa leyenda basada en una nueva versión de La Flauta Mágica de Mozart traída desde el Centro Internacional de Investigación Teatral (1971) en el teatro de Los Bufones del Norte en París, bautizada como Une Flute Enchantée, en una libre y feliz adaptación hecha por Brook, Franck Krawczyk y Marie-Helèn Estienne, quienes nos convencieron tanto de su originalidad y genialidad, como de la vieja idea del amor que lo vence todo.

Por eso me permito comentar, aunque sea con estas toscas y burdas palabras, eso que vimos y oímos sólo para confirmar que la idea que teníamos de Brook, como uno de los grandes del teatro de nuestro tiempo era la correcta. Toda la obra mantiene un mismo ritmo apacible, para que así fluyan las notas que va anunciando el piano seguidas de las voces que van narrando la trama de esta obra que, como bien decía Chesterton a propósito del Sueño de una noche de verano, expresa «el misticismo de la felicidad». Los diálogos en francés y el canto en alemán hicieron que mágicamente llegáramos al fondo de la obra.

A la Flauta la encueraron de banalidades y le dejaron su esencia pura y cristalina para que quedara claro la antigua propuesta que asegura que el amor lo vence todo sin ambigüedades: Tamino busca a Pamina, Papageno a Papagena, Soroastro y el conocimiento o la sabiduría, venciendo a la superstición y, en esta versión, el aria de la Reina de la Noche es cantada por una madre que extraña a su hija y todos, incluidos los demonios, en un bosque poco amenazador, donde no se permite que el mal triunfe.

La sensación entre una y otra aventura para rescatar a la princesa del castillo y acabar con el dragón que todo lo sabe, es la misma que cuando nos contaban esos cuentos y queríamos que nos los volvieran a contar hasta el nunca acabar. La fragilidad de las voces y del ritmo hicieron que se apaciguara el miedo por la noche o por la pérdida, el silencio, la incomunicación, la soledad y la muerte, dejando que aparezca el buen humor que nos invade en esta versión inolvidable, donde salimos con el alma en su lugar, como si de pronto, se despejara el cielo por los rayos del Sol que nos encanta con su flauta mágica en esta nueva manera de contar un viejo cuento.