De las lunas, la de octubre

El Informador, Tertulia, sábado 5 de noviembre, 2011.

«De las lunas, la de octubre es más hermosa», como dice la canción pero, en realidad, no sé por qué durante este mes se iluminó el cielo tapatío como hacía tiempo no lo hacía con esa clase de ánimo.

A la Luna la hemos visto gorda y roja como si quisiera presumirle al Sol que ella también tiene su propio fulgor —aunque sea reflejo, ella cree que es otra cosa— y, de pronto, muestra su rubor antes de palidecer y, palideciendo, brille en los estanques o rebote en las cumbres nevadas antes de verla colgada como una perla mientras recorre su ámbito celeste.

Perla blanca que brilló este mes porque el viento le despejó las brumas que el resto del año se estancan, sin que nadie se atreva a soplarles para hacerlas a un lado y, por eso, todo lo que ilumina parece que está más cerca como acercó al volcán Popocatépetl y a su bella durmiente al lado, mientras iba a Puebla de los Ángeles, viéndoles su fachada que da al oriente, blanca en las cumbres —canas al aire—, con nieve tempranera y un cielo tan claro que parecía estaban encima. Se antojaba quedarse en algún hotel por ahí, me dicen que en Nepantla —bajo la sombra de Sor Juana— o en San Martín Texmelucan, en alguna terraza que diera a ese paisaje para sentarnos con una buena tilma de lana pura y que uno de los dos volviera a contar un cuento de esos que ya conocemos pero que lo hiciéramos en voz baja, para poder admirar el paisaje y, al atardecer, escuchar el horizonte de perros.

Y después de verlo todo un fin de semana, después de respirarlo, después de soñarlo, después de tratar de volver a verlo con los ojos cerrados —imposible—, recordar a sus majestades como imaginamos que son los dioses mudos que observan a los que todavía podemos ser observados, para descubrir lo que está detrás de las cosas y de los sueños.

Dos Majestades que se acercan cuando sale la Luna en octubre: juguetona, sonriente, coqueta en cuarto creciente, aminorando la oscuridad de la noche hasta hacerla rebotar en la tercera orilla de nuestros pensamientos, cuando se refleje en la nieve.

La de octubre es más hermosa porque ha sido acariciada por los vientos otoñales que dejan calvos los follajes que, en otro tiempo, abundaron pero que, ahora, dejan se filtren los rayos solares que llegan de esa elíptica que apenas calienta.

Nunca más he vuelto a ver a la Luna tan roja como una vez la vi en el Lago de Chapala recostados en la arena, temblando, mientras salía como bola de fuego que nunca más hemos vuelto a ver más que en sueños.