Gloria y esplendor de la Grecia antigua


INFOSEL, Crónica cultural, jueves 17 de noviembre, 2011.


Cuando la luz del amanecer bañó con su tono perlado a la ciudad de Atenas, Pericles se sintió vencido por los sueños de Fidias: creía ver las terrazas y las fuentes, así como los jardines que cubrirían los terrenos de la Acrópolis ascendiendo hasta el enorme templo de Atenea y los demás templos repartidos por la ladera. Las escalinatas blancas, amplias y pulidas, conocerían las hazañas gloriosas de los hombres notables para que vinieran a verlo todo, caminando con asombro por esas columnatas bañadas por el sol, refrescándose con la profusión de fuentes y contemplando la ciudad plateada junto al mar violeta —escribió Taylor Caldwell en Gloria y esplendor, una novela sobre la Grecia de Pericles (495-425 a.C.) que ahora viene a cuento antes que vayamos a ver las obras de la exposición Cuerpo y belleza en la Grecia Antigua que estará en el Museo de Antropología de la ciudad de México para disfrutar del gozo y la belleza, de la pasión y la delicia, del color y la transparencia, como si todo fuese una resonancia vigente para la mente y para el espíritu.

Durante esa época, el hombre quiso verse como los dioses y por eso empezó a esculpir imágenes a su semejanza y en diferentes actitudes o momentos, de tal manera que nos pareciéramos a ellos en sus perfectas proporciones y nos reflejáramos sin defecto alguno o, de ser posible, expresáramos en la mirada los sueños, esa materia de la que estamos compuestos y que los artistas la hicieron visible.

Qué oportunidad la de poder ver reunido en un solo lugar ciento veintidós piezas hechas por esos artistas de la antigüedad que tuvieron la capacidad de crear belleza en su esplendor, a partir de los bloques de mármol frío y duro, plasmando los cuerpos y rostros que hablan del hombre y de sus hazañas como las de Sócrates el filósofo; Protágoras, el sofista; Fidias, el escultor; Zenón y sus paradojas; Anaxágoras y el nous del pensamiento; Herodoto, el historiador y Sófocles, el dramaturgo genial que ahora podremos disfrutar.

Ver a los hombres y mujeres de leyenda en acción como la Ninfa rechazando sonriente al Sátiro o Hércules, el superhombre; o las imágenes de sus dioses, como Hera, la hermana y esposa de Zeus, diosa del matrimonio, fría y distante o la del joven Dionisio, dios del vino y de la primavera. Podremos recordar sus mitos, como el de la Esfinge, guardiana de las tumbas, monstruos que hacían preguntas rebuscadas como esa que se apostó afuera de Tebas mientras cundía la plaga hasta que llegó Edipo para contestarlas y ganar a Yocasta la reina y su corona, así como su cama, sin saber que era su madre, a pesar que haber huido de su destino declarado por el oráculo de Delfos y sin saber que no podía ser otro.

El origen de la civilización a la que ojalá regresemos una vez que nos hartemos de la contemporánea moda asimétrica, de sus edificios torcidos o de esas instalaciones sin ton ni son, como si lo feo y lo oscuro del hombre fuese el sentimiento que domina en estos tiempos, en lugar de la simetría y la belleza de la proporción áurea.

Ahora podremos gozar esas piezas de arte que nos recuerdan las enseñanzas de sus academias en donde pretendían ensanchar el espíritu, ampliar la mente, estimular la percepción y la capacidad de asombro de lo que vemos, de lo que sentimos y de lo que hacemos, para tratar de explicarnos, una vez más, el origen de la cosas y el despertar de las facultades dormidas, para aumentar, de ser posible, la dicha de vivir.

Sófocles lo había dicho: “las maravillas son muchas, pero nada más maravilloso que el hombre” y luego, mientras recorremos los cuerpos y las bellezas en esta exposición, se nos viene encima ese otro eco que, siglos después, expresó el príncipe Hamlet: “¡Qué obra de arte es el hombre! ¡Qué noble la razón y los infinitos dones que posee! ¡Qué expresivo y maravilloso su movimiento, y sus acciones, angelicales! Su inteligencia, semejante a la de un dios! Él es la gloria del mundo y paradigma del reino animal.”