Los augurios del 11 del 11 del 11

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 10 de noviembre, 2011.

Así son las cosas cuando nos encargamos de darles una manita de gato con esas sustancias que tienen que ver, mal que bien, con lo que le llamamos superstición, es decir, las extrañas creencias contrarias a la razón y que, de pronto, pesan más que cualquier asunto que sea racional y objetivo, por ejemplo, con una fecha tan próxima como la del 11/11/11 para que sea, en sí misma, otra cosa que esa etiqueta que el hombre le ha sobrepuesto al tiempo para que todos podamos estar en la misma línea, pero, que nada tiene que ver con algo más, aunque sea una coincidencia el hecho de que se trate del once de noviembre del año dos mil once. Qué puede haber detrás de un nombre si no es más que una convención, como Julieta se preguntaba si una rosa, aunque se llamara de otra manera, podía seguir siendo una rosa tan perfumada como las que conocemos.

Así, debemos pensar que el calendario hebreo es distinto al nuestro y andan en los años cinco mil setecientos o el de los chinos en donde el 2011 es el año conejo y así, habrá otras comunidades que llevan las cuentas del tiempo a su manera. ¡Ah!, pero los que les encanta ser agoreros o fatalistas o supersticiosos el que mañana sea 11/11/11 les viene como anillo en el dedo para pronosticar algo terrible que puede pasar y sin más, corren la voz, como la corrían los romanos la noche antes del idus de marzo.

Ser supersticioso significa estar sujeto a una serie de cosas, sentimientos, sensaciones, actitudes y comportamientos que, juntos, constituyen un especie de padecimiento que, como su nombre lo indica, viven rodeados de experiencias pendulares que los afectan y que no los dejan ver la realidad tal como es. 

Los gobernantes que se dejan llevar por este tipo de supersticiones se convierten en tiranos que dejan de pisar la tierra como el resto de los hombres y acuden a las supercherías para dominar sus miedos, tiranizando al resto de la población. Sucede que todo lo que tenía un sentido más o menos racional, queda desarmado frente a estos nuevos argumentos (irracionales) que acaban con el conocimiento racional de la filosofía o la piedad o con las leyes que nos gobiernan, para establecer una monarquía absoluta en la mente del hombre.

Es impresionante saber que, las batallas que tenía que dar Julio César para conquistar las Galias dependía de los augurios de los sacerdotes, según cuenta Thornton Wilder en Los idus de marzo: tenía que hacer trampa, salir al bosque por la noche y traer gusanos, cortarlos en pedacitos y sembrarlos en los campos donde las aves sagradas que observaban los sacerdote pronosticaban sus agüeros si veían que comieran, como glotones esa mañana para que fuese la señal propicia y César pudiera atacar Colonia. O todo lo que se decían había sucedido la noche anterior del idus. Seguro que cuando se entera del asesinato en el Capitolio, Calpurnia ha de haber dicho: “Ya ven, si yo se los decía.”

La superstición desestabiliza la vida política y trae consigo la confusión y esa obsesión de los agoreros desnuda a la persona de sus poderes, anulando su capacidad para cambiar las cosas, negando los remedios del exterior de manera objetiva y práctica. La pasión que domina a los supersticiosos, dicen, es el miedo y estrictamente, lo convierten en una especie de terror.

De modo que el 11/11/11 por repetirse, auguran que va a suceder cualquier cosa extraordinaria y como nunca dan su brazo a torcer, cualquier inundación a las que hay en este momento (antes del 11/11/11) se debe a la maldición de la fecha y no hay nada más que agregar que el clásico, “¡ya ves!, te lo dije.”

Así que tome nota de lo que suceda este viernes porque, como decía Plutarco, “la superstición es el resultado de un miedo excesivo y torturante a los dioses” y por eso vemos cómo sufren, porque no pueden pisar raya, ni pasar debajo de una escalera, ni tirar la sal, porque ¡dios mío!, la que les espera: “el hombre que le tiene miedo a los dioses, también le tiene miedo a todas las cosas: a la tierra, al mar, al aire, el cielo, a la oscuridad, a la luz, al silencio y hasta a sus propios sueños”, como dice Plutarco.