Un cerdo sabio, asertivo, directo y sin complejos


INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 24 de noviembre, 2011.

Los animales se parecen tanto al hombre que a veces es imposible distinguirlos de éste, apunta K’nyo Mobutu en el epígrafe que inventó Augusto Monterroso en La oveja negra y demás fábulas y que es tan cierto que ahora lo comprobamos al escuchar al cerdo que, aunque su padre tenía fama de semental, acepta que, por muy semental que él haya sido, “si uno es un cerdo común, se es un cerdo común.” Quien diga esto es sabio que, además, tiene las patas bien puestas en su porqueriza en esa que no le gusta dar de vueltas porque, eso de andar en círculos, lo deprime y no deja de ser una conducta repugnante andar por la vida, errando, sin principio, ni fin…, yo prefiero mis diagonales: soy una criatura asertiva, directa y sin complejos.

Desde la antigüedad el hombre hizo hablar a los animales. En el siglo VI a.C. Esopo los hizo hablar y, gracias a sus fábulas, aprendimos del conejo y la tortuga o de la rana que querían ser rey y que luego Monterroso convirtió en La rana que quería ser una rana auténtica, donde escuchamos decir a unos comensales a los que les habían servido unas ancas... que qué buena Rana, que parecía Pollo.

Nunca había escuchado hablar a un cerdo con tanta sabiduría como la que le otorgó Raymond Cousse (1942-1991) en Stratégie pour deux jambons, traducida al español como El cerdo: adaptada por Andrés Lapeña, en una versión y dirección de Antonio Castro y escenografía de Mónica Raya, que podemos ver los sábados o domingos en el Teatro 11 de julio (Dr. Vértiz, casi esq. con Xola).

El cerdo mantiene su discurso caminando sobre el hilo delgado de la filosofía, asegurando que ejerce su libertad y que ésta le produce gran placer, sobre todo cuando camina en diagonal en sus ratos de ocio, que no son pocos, preguntándose la razón que mueve todo y negándose a aceptar que todo sea fruto del azar.

Personificado por Jesús Ochoa, ahora en forma para este papel, muestra sus estados de ánimo y nosotros con la sonrisa a punto de convertirse en risa que contenemos entre la sabiduría y la ironía que el actor maneja como maestro, mientras elabora y recuerda cosas que tienen que ver con la vida, la muerte, el tiempo y el espacio. Nada más, ni menos.

Explica cómo vive y cómo se alimenta y se pregunta si las cosas deben de tener sentido o son producto de una cadena de accidentes. A partir de ese momento, imaginamos respuestas y él nos ve a los ojos, digamos, esbozando una sonrisa maliciosa. Desprecia el exterior del que nos hablará más tarde si el tiempo se lo permite.

Tiene problemas con el porquero que no respeta sus hábitos —su cultura, pues—, y le pone la cubeta de agua al centro impidiendo sus caminatas en diagonal: ¡Cuántas noches no habré pasado sobre mi camastro, llorando por tu culpa, desconsolado por tu miseria moral! Sentía entonces el deseo irresistible de abrazarte y estrechar tu corazón contra el mío!... ¡Qué diferente hubiese sido si lo respetara! Seguro nos entenderíamos como dos marranos en un charco. Sabe que no es una mala persona y que todo es cuestión del destino: a él le tocó ser porquero y a mí cerdo.

La sabiduría del cerdo es casi infinita y, por eso, mientras recorre su chiquero, sabe que el día que llegará el verdugo para llevárselo al matadero. Él estará ahí, en su puesto, con la conciencia tranquila, porque sabe que el triunfo, el verdadero triunfo, no es algo que se consiga de la noche a la mañana.

El mejor simulacro de la vida donde nos vemos retratados en estas verdades dichas asertivamente, en directo y sin rodeos, tal vez como nos gustaría hablar un día de estos.