La cuarta de las estaciones del año

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de diciembre, 2011.

Los ciclos de la vida, como las cuatro estaciones, tienen su propia expresión en la naturaleza pero han sido sublimadas por algunos compositores, como Antonio Vivaldi (1678-1741) o, poéticamente, como T. S. Eliot en La tierra baldía cuando comienza diciendo: Abril es el mes más cruel. Alimenta a los lirios fuera de la tierra muerta, mezclando los recuerdos y los deseos… o, como escribe cada semana, desde hace años, Juan Palomar en el Diario de un espectador, publicado en El Informador de Guadalajara en donde, a pesar del trajinar de la vida, observa en detalle —como si leyéramos entre líneas—, el drama que se da en el jardín de su casa en las Colonias, como ésta que publicó en el mes de agosto cuando la casa se abandona a la lluvia como quien se entrega al abrazo de alguien querido y largamente ausente. Los pasos del agua sobre azoteas y las terrazas van sitiando al ánimo que solamente entonces reencuentra la clave que hace avanzar el año. Viejas palabras para las novísimas ceremonias del verano. En la inminencia de la tormenta, un muchacho vaga sin rumbo por el barrio en calma... o recientemente diciendo que de la pérgola va cayendo la lluvia lenta de las flores de la llamarada: dibujan en el aire sus explosiones anaranjadas, jubilosas…

Seguramente el cura rosso, como le decían a Vivaldi, hizo lo mismo desde la Plaza de San Marcos en Venecia observando, desde ahí, el paso de las estaciones para luego convertirlas en sus cuatro conciertos, más conocidos como las Cuatro Estaciones, cuatro composiciones donde hay silencios como si fueran pautas de ese drama, tal como las hace Palomar con el punto y seguido o los dos puntos, para darnos ese respiro que aprovechamos para imaginar la lucha de las partes, como se dan en ese jardín construido bajo los principios de Ferdinan Bac, tal como lo podemos comprobar cuando leemos que el largo flujo del tiempo levantó primero una guía tímida y esbelta. Buscando la luz y el aire siguió la enredadera sus instintos acendrados, sus caminos inmemoriales. Sin cesar y sin prisa el jazmín convirtió el paso de los días en una red intrincada de llamados y esperas. Las sucesivas olas de sus flores fueron rompiendo, por todo lo alto, contra la claridad y la tormenta: iguales, de algún modo, a los afanes de las gentes que por aquí han pasado.

Mimetizados, nos asomamos a nuestra terraza, en la frontera misma del invierno, para ver a las dos voluptuosas azaleas que han decidido mostrar su belleza y plenitud mientras otras flores —menos la Nochebuena—, ya han pasado a mejor vida. Las azaleas exuberantes nos enseñan una tras otra su flores, pero, el día menos pensado, decide que aparezcan todas juntas, como un coro rosado.

Vivaldi no se queda atrás y con sus Cuatro estaciones, recordamos aquello que contaba Laco Zepeda cuando era joven y estudiaba en Jalapa, cuando por fin tuvieron un tocadiscos con un disco con Las cuatro estaciones que escucharon todas las noches hasta que un día llegó un profesor invitado de la ciudad de México y lo sentaron —rito perfecto— para que escuchara la primera de las estaciones hasta que, de pronto, se levantó, cambió la velocidad del aparato de las 45 rpm., a las 33 rpm., para aquellos que recuerdan lo que eran los tocadiscos y Laco se dio cuenta que habían escuchado la primavera tan aprisa que pronto llegaba el verano tormentoso.

La luz puede ser la misma, nadie podría jurarlo. Atraviesa los años el Tabachín sembrado apenas ayer y la campana llama a quien ya no está para sentarse a la mesa, escribió Palomar en otra de esas instantáneas que impelen a observar la calidad de la luz en la Ciudad de México, envuelta en la bruma o en Oaxaca, cuando la luz ha recorrido el espacio para llegar virgen a ese valle de lágrimas.