miércoles, 28 de diciembre de 2011

Malabaristas de mentiras y falsedades

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 29 de diciembre, 2011.

Retrato de Isabel I más conocido como La Armada Invencible
Como algunos políticos en campaña, los mitómanos distorsionan la realidad convirtiéndose en malabaristas que lanzan al aire tantas pelotas como las mentiras que nos cuentan para mantener a la historia girando por los aires, queriendo hacernos creer “verdades” de las cuales hay que sospechar como bien proponía Lope de Vega, pero a ellos no les queda otra más que seguir lanzando una tras otra, resultando cada vez más difícil sostenerlas dando de vueltas. De pronto, cae todo por los suelos y nunca más volvemos a confiar en lo que dicen.

Llega un momento en que ya no saben qué fue primero, si la gallina o el huevo y su relato parece que se sostiene con alfileres que apenas aguantan el peso específico de la historia real y el equilibrio entre sus partes, pues son unas narraciones construidas como castillos en la arena o con naipes donde por la vorágine de sus historias, se complica la veracidad, sobre todo, si tratan de justificar las primeras mentiras con el resto de sus historias lanzadas por el aire. De pronto, agotados, se rompe el equilibrio con tantas mentiras y ruedan por el suelo las pelotas que habían lanzado al aire.

La narración se hace compleja, como si fuera al estilo del neobarroco: con todo y sus cupidos regordetes y ángeles de estuco que esconden la pobreza y austeridad de la época —con la crisis del Imperio Español en el XVIII—, provocando que salgan los rayos de la luz iluminando la verdad por su propio peso.

Así sucedió con el texto del malabarista John Orloff con el que Roland Emmerich dirigió el film Anónimo que hace semanas llegó a la cartelera para salir con cierta modestia, como si fuera una obra perdedora por ser el resultado de una serie de mentiras y falsedades increíbles —en el sentido de “que no se pueden creer”—, tratando de levantar un edificio que resulta como el de la Sagrada Familia de Gaudi que empezó siendo uno neogótico y sepa usted en qué termine cuando la acaben.

La película tiene varios defectos: uno, la trama que está construida por rumores y niegan la historia oficial de la Inglaterra del siglo XVI y principios del XVII. Dos, tienen un reparto fallido: Ben Jonson era un grandulón y buscapleitos —existe un retrato— y no un chaparrín y miserable dramaturgo que es el receptor de las obras de teatro del “auténtico” dramaturgo —otra de las pelotas al aire—, obras que son interceptadas —tercera llamada, tercera— por quien aparece como un mal actor, un borrachín de taberna, que es prácticamente analfabeta, como sugiere era William Shakespeare, un vago que, al final, chantajea al verdadero “autor” de las obras —otras pelotas más al aire—, que el malabarista propone que sea Edward de Vere, el conde de Oxford quien, además ser “el” dramaturgo, dicen que fue amante de la reina Isabel y –otra más al aire—, que la embarazó para tener —una más y ya se complica la narración—, un hijo bastardo que sería, nada menos, que el Tercer Conde de Southampton, y, para estas alturas la narración se hace compleja, confusa e inverosímil.

Cuatro, el conde de Essex paga en 1601, antes de su exigua revuelta la puesta en escena de un Ricardo III (el villano por excelencia) —como lo dice este malabarista—, y no, la de Ricardo II (la del rey que abdica y es víctima de sus favoritos), y con esta pelota al aire se caen todas las demás por los suelos, mientras Orloff, orgulloso de inventar ahora sí que “el hilo negro”, asocia al deforme Ricardo III con Thomas Cecil, el enano y jorobado Consejero de la reina, enemigo acérrimo de Essex.

Para hacer las cosas más complicadas, la estructura de la película utiliza el flash back para confundir más la narración y el bastardo crece al lado de Essex y por eso, de pronto, ya no sabemos dónde estamos. Lo único bueno es Vanessa Redgrave en el papel de Isabel I la vieja (ver retrato conocido como La Reina y la Armada Invencible) y, con su actuación que salva por unos dos momentos la película: sin dientes, sin voz, sin ojos, sin nada, como decía Jacques en la comedia del Bardo titulada Como les guste.

No hay que perder más tiempo en ese mundo de mentiras y falsedades lanzadas al aire por un malabarista confuso y pretencioso que intenta hacernos tragar sus historias. La verdad, no vale la pena dedicarle una línea más.