miércoles, 4 de enero de 2012

Ebrard y la ilusión de la izquierda mexicana


Marcelo Ebrard y la hondureña Rosalinda Bueso, su tercera esposa
Los editores de El País Semanal escogieron para su última publicación del 2011 a cien personas, «mujeres y hombres iberoamericanos que han marcado (el) 2011». Entre estos cien hombres y mujeres, escogieron a Marcelo Ebrard Casaubón que salió en la foto sonriente y abrazado de su esposa Rosalinda Bueso, con el título «La ilusión de la izquierda en México» y con un balazo —así se dice en el periodismo, no se asuste—, en donde opinan que es el jefe de Gobierno el político con mayor proyección del país y que ha dado buena batalla para recuperar la calle como lugar de encuentro.

De esta manera, Marcelo Ebrard resulta ser uno de los happy few de esta publicación y, sin duda, un actor que lo hemos visto en el escenario de la Capital durante cinco actos, en el papel de ejecutivo. Como todo el mundo es un teatro, viendo esta obra hemos observado el cambio y transformación de Ebrard a favor de su carrera política y su prestigio, demostrando que tiene capacidad para corregir errores —como el de haberse casado en el primer acto, con Mariagna Pratts, ‘la pareja incómoda’, con un marcada tendencia a la uva—, y reconocer defectos para concentrarse en gobernar a este monstruo de ciudad, que se cubre por las noches con un manto iluminado por millones de veladoras que parpadean, como lo vemos cuando aterrizamos sin poder cubrir con la mirada la extensión que ocupa, preguntándonos, cada vez que vemos ese espectáculo, cómo es que funciona esta ciudad —más que menos— y podamos vivir, trabajar y transportarnos, no sin cierta dificultad, pero podemos hacerlo por toda la ciudad que, como ninguna otra en México, nos ofrece constantemente nuevos retos y oportunidades. Si alguien se preocupó durante los últimos cinco años fue este hombre que, sin ser perfecto, demostró ser responsable.

 Empezó mimetizado con su mentor quien le dio su bendición y apoyo para que ganara las elecciones en el 2000. Cinco años o actos después, se ha transformado —sutil y políticamente correcto—, para alcanzar a ser él mismo, sin tantas mañas, ni berrinches, ni mucho menos, esa demagogia abrumadora que mostraba su antecesor, un político intolerante, mitómano, obsesionado por la banda presidencial.

Tenemos la impresión de que el PRD y la izquierda mexicana ha perdido la oportunidad de tener mayores probabilidades para ganar la Presidencia con Marcelo Ebrard, pues este político ha demostrado una buena capacidad ejecutiva y su compromiso para lograr ciertos objetivos que han logrado convencer a muchos de los habitantes de este monstruo iluminado, no con teorías, sino con obras, como los programas de transporte público y las nuevas líneas del Metrobús y del Metro —abandonado por su mentor—, así como, echar a andar nuevas alternativas sustentables de ese transporte alrededor de los lugares de trabajo con unas bicicletas reciclables, calles peatonales reduciendo el tráfico y la contaminación, y un despliegue cultural y de entretenimiento que ha llevado al Centro Histórico a tener más visitantes los fines de semana que nunca en su vida.

«Ebrard representa una izquierda sin descafeinar que, no obstante, mantiene excelentes relaciones con el poder económico y empresarial», escribió Pablo Ordaz y, esto, lo asociamos con el análisis que hace Vargas Llosa de la nueva izquierda esa que ya entendió que «el verdadero progreso social no pasa por el estatismo ni el colectivismo —inseparables a la corta o a la larga de la dictadura—, sino por la democracia política, la propiedad privada, la iniciativa individual, el comercio libre y los mercados abiertos», como ha sido más o menos visible en el gobierno de Marcelo Ebrard que ahora le ofrecen sacarse la «rifa del tigre» en el 2012.