La conquista de la felicidad

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 26 de enero, 2012.

Carita sonriente de Veracruz

Entre otras, hay tres maneras de conquistar la felicidad: una, con la instalación de Joanne Gatefield en Lisboa que nos disparó el deseo de buscarla con una serie de pensamientos positivos. Dos, esa instalación fotográfica la asocio con la lectura de La conquista de la felicidad y los Siete libros sobre el arte de vivir, seleccionados y presentados por Carlos García Gual (Debate Editorial, Barcelona, 2001) y tres, con la experiencia de Peter Brook cuando vino a México en los años sesentas antes de poner en escena El sueño de una noche de verano en Stratford-upon-Avon en 1970. En aquella ocasión vio de cerca las “caritas sonrientes de Veracruz” en el Museo de Antropología y en ese mismo instante supo que eso era precisamente el efecto que debía lograr con esa obra. Años antes, Chesterton había escrito que ¡claro!, “con esa obra uno puede llegar a experimentar el misticismo de la felicidad.”

No conozco otro final más feliz como el que escribió Shakespeare en El sueño de una noche de verano donde nos propone que nos asomemos a eso que no tiene fondo y que sintamos el vértigo como el que se siente cuando hemos alcanzado por un momento la felicidad. Al final del Sueño Oberon, el dios de la Naturaleza, visita a las parejas de recién casadas que estaban invitadas al palacio de Teseo, incluyendo la recámara nupcial del dueño y su Hipólita, la reina de las amazonas, que habían celebrado sus bodas. El dios instruye a las hadas del bosque para que con el rocío-del-campo consagren lo que vean a su paso y “bendigan cada uno de los cuartos de este palacio que por fin está en dulce paz.” Por su parte, Robin Goodfellow, lugarteniente del dios de la hadas, nos desea las buenas noches y nos dice que si de casualidad “nos quedamos dormidos mientras aparecían las visiones de esta débil y ociosa trama, piensen que no ha sido más que un sueño” antes de pedirnos que le demos las manos —es decir, el aplauso—, pues si somos sus amigos, Robin se encargará de compensarnos.

Entonces, Joanne Gatefild por su lado instala en Lisboa una exposición con fotografías de gran formato con “rostros que sonríen” como parte de un programa que se llama “de adentro hacia fuera”, con el que pretende producir un sentimiento parecido al de la felicidad para los que las vean y, si traían el ceño fruncido, que respiren hondo y sigan por la vida con una sonrisa.

Peter Brook presentó en México una versión de La flauta mágica, una obra divina como esas que pertenecen al universo de la exquisita fragilidad. Bueno, pues este mismo Brook vio, en otro viaje, las “caritas sonrientes” y contagiado, como ahora estamos nosotros al verla todo el tiempo, se fue a poner en escena la misma obra que vio Ron Rosenbaum con la que le cambió la vida.

Hace dos meses estuve en Oaxaca y ahí pude ver (creo que en el  el Museo Tamayo) las caritas sonrientes. Desde entonces quise tener una de ellas cerca, para poder verla todos los días. Ese deseo se convirtió en una obsesión. Por fin, la semana pasada la compré en el Museo de Antropología. Cada vez que la veo, me contagia su alegría y una cierta alegría de vivir.  No hay nada más expresivo que ese rostro prehispánico (único entre las civilizaciones), que contagia su bienestar, como si de pronto la vida fuese algo para sonreír. Hay que imaginar eso que está sintiendo y dejar que nos trasmita lo que imaginamos ha sido la causa.

Bertrand Russell nos dice en el séptimo de los siete libros de La conquista de la felicidad que cree haberla conquistado de la siguiente manera: cada vez se preocupa menos de sí mismo; ha centrado su atención en otros objetos, como en el estado del mundo y en otras ramas del conocimiento, así como, en la gente por la que siente afecto y, de esa manera, parece que la ha conquistado. Nosotros cerramos este círculo virtuoso con estos sucesos para, por lo menos, poderle sonreír a la vida, ¿no creen?