miércoles, 11 de enero de 2012

Morir en Venecia tras el ideal de la Belleza

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 12 de enero, 2012.

Vista de Venecia, óleo de Turner (1775-1851)
¿Quién no experimenta un cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?, se pregunta Thomas Mann en Muerte en Venecia a través del profesor Gustav von Aschebach cuando va en góndola rumbo al Hotel Lido, estremeciéndose de haber llegado a esa ciudad que, como bien decía Lope de Vega: que solo aquellas cosas superiores, dignas por fama de admirable espanto es bien que cuesten tanto, como ver Venecia, perche qui non la vede non la precia, que al cielo desde el agua se avecina, y en góndolas por coches se camina.

Aschenbach desconocía su destino: morir ahí mismo después de haber visto, aunque no poseído, la Belleza o al ideal de la Belleza, a través del joven Tadzio, la personificación afeminada del dios Apolo. Esta novela ha sido un paradigma para otras artes como la ópera de Benjamín Britten (1913-1976) o la película de Visconti, que supera a la novela o las pinturas de Turner con los que cerramos este gran círculo virtuoso.

La ópera Muerte en Venecia la compuso Britten en dos actos con un libreto de Myfawny Piper para estrenarla en junio de 1973. Ahora, durante la primera semana de febrero, se presenta en el Palacio de Bellas Artes con la Compañía Nacional de Ópera.

Luchino Visconti terminó su versión cinematográfica en 1971 y, desde entonces, es culpable de haber convertido esa novela en otra obra de arte, considerada como una de las mejores películas que hemos visto y vuelto a ver, una y otra vez, dudando, cada vez que lo hacemos, qué es mejor, si la novela o la película, hasta que, de plano, votamos por la versión de Visconti que pone el dedo en la llaga con unas imágenes que, al mismo tiempo, nos muestran tanto la belleza como la decadencia. Después de ver esta película no podemos volver a escuchar el Adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler sin pensar en la Muerte en Venecia pues, Visconti logró integrarla a su obra de tal manera que la hace inseparable a la trama de esa ciudad, durante los minutos que dure y que parecen eternos mientras descubrimos nuestra Venecia que, sólo de pensar en ella, se nos llenan de agua los ojos.

La homosexualidad de Britten lo impulsaba durante toda su vida a estar enredado con esos ‘Tadzios’ componiendo, con ese pretexto, varias obras corales. En esta ópera lo convierte en un bailarín mudo que baila acompañado por unos ritmos extravagantes como los que tocan en las islas de Bali, llamados «Gamelan». El resto es una música precisa, directa y sobria.

Cuando Turner (1775-1851) viajó a Venecia quedó hipnotizado y la pintó como si quisiera decirnos: “aquí estuve yo”, como lo hizo Goya en algunos de sus grabados—, sí, ahí estuvo Turner y “vio” las mismas escenas que vio Mann o Visconti o el mismo Britten: un mundo en descomposición. Por eso la disolución en las obras de Turner son equivalentes al estado de putrefacción de esa ciudad cuya arquitectura inverosímil flota todavía sobre unas aguas enfermas. Lo que tratan estos artistas, cada uno en su oficio, es la resaca de la utopía y la imposibilidad de alcanzar la Belleza. Por eso, aparecen fantasmas que recorren la ciudad en busca de un ideal inalcanzable y, al mismo tiempo, nos muestran el efecto corrosivo de esa agua putrefacta que parece que disuelve los cimientos de la ciudad para transformarla en una masa informe, tal como lo hacen los cuatro artistas: Mann, Visconti, Britten y Turner.

Muerte en Venecia es la historia de un artista tras el ideal de la Belleza, tras la huella del dios Apolo, ahora en una Venecia azotada por la peste y en condiciones patéticas. Morir en Venecia y por eso, no nos sorprende al final ver a Aschebach hacerlo con un gesto ridículo y unas gotas de sudor que corren sobre su rostro como las que escurren en los óleos de Turner y en la música de Britten.