miércoles, 18 de enero de 2012

Pastiche barroco con dos momentos geniales

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 19 de enero, 2012.

Oberon hechizando a Titania, la reina de la Naturaleza en el Sueño

El MET de Nueva York le propuso a Jeremy Sams que hiciera una nueva ópera barroca para estrenarla la noche vieja del 2011. Lo que hace Sams es revisar algunas obras puestas en la Restauración (1660-68), después de haber sido derrotados los puritanos para que volviera del exilio el rey Carlos II de Inglaterra y volvieran a construir los teatros para que, entre otras, se pusieran en escena nuevas versiones, como las que hizo William Davenant (1606-1668), dramaturgo, poeta y, casualmente ahijado de Shakespeare quien rehízo La tempestad a la que le llamó La isla encantada y otras dos que tres barbaridades como la que hizo con el Sueño de una noche de verano que resultó un fracaso, según la crónica de Samuel Pepys de 1662.

A Sams se le ocurre hacer su pastiche justo con esas dos obras producto de un cóctel con algunos de sus elementos para combinarlos y agregarle algo de su cosecha para que aparentara ser una “nueva” obra. Como se trataba de una ópera, escogió de los barrocos con la música de Partenope de Händel (1685-1759) y de Griselda de Vivaldi (1678-1741), y otras partes de la música de Jean-Philippe Rameau (1683-1764) y otros dos compositores más.

El revoltijo tiene sus momentos geniales y chisporroteantes, así como otros francamente aburridos en donde domina lo superficial, según los comentarios de algunos que la vieron el 31 de diciembre en el MET de NY. Dicen que si no fuera por el reparto, La isla encantada podía haber sido un desastre.

La teoría detrás de este estreno del MET (que ahora podremos ver en las pantallas del Auditorio el sábado 21 de enero), está sustentada en que la audiencia de nuestros días no tienen tanta paciencia para aguantar la estructura rígida de las óperas barrocas que musicalmente pueden ser una joya, pero que son pasivas y repetitivas: una misma frase se repite tantas veces en una misma escena que a veces resulta cansado, tal como lo pudimos experimentar el año pasado con Rodelinda de Händel que, a pesar de tener dos o tres momentos estelares, pesó una tonelada.

Jeremy Sams logra buenos momentos, sobre todo, con los cantantes especializados en música barroca como es el contratenor David Daniels, nacido en 1966 y que, en esta obra, hace el papel de Próspero el mago de La tempestad a la que Sams le agregó otros náufragos, además del rey de Nápoles y su comitiva, incorporando a los cuatro amantes del Sueño que iban en otro barco en su viaje de luna de miel. Ellos son las dos parejas de amantes que aparecen en el Sueño de una noche de verano y así se da este collage en donde es posible que se nos haga un poco de bolas ese engrudo entre los habitantes de la isla que dicen está encantada, en donde Próspero vivía con su hija Miranda exilados desde hacía doce años, pero como es un hombre que puede leer el futuro, hace los cambios que necesita hacer para que Miranda y Ferdinando, el príncipe de Nápoles se enamoren a primera vista y se comprometan para que pudieran enfrentar mejor su futuro. Por otra parte, Próspero recupera su ducado, resuelve los problemas que había con la bruja Sycorax (otro agregado de Sams) quienes acuden a Neptuno (Plácido Domingo) antes de tener un final feliz.

El revoltijo tiene pizcas de esto y de lo otro hasta que dicen que el caldo se desparrama resultando una obra sin el ingenio, ni la profundidad ni la estructura dramática de dos obras geniales.

Hay un despliegue de recursos que, a veces, son contraproducentes como es el vestuario del pobre de Plácido Domingo o los excesos de la bruja. ¡Ah!, pero las máscaras del ballet dicen que son de primera, así como la voz del contratenor que es una belleza barroca a la que le sumamos otros dos que tres momentos estelares y con eso lograremos ver este cóctel al estilo del MET que, por momentos parece exuberante.