miércoles, 1 de febrero de 2012

Billy Wilder y tres de sus estrellas

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 2 de febrero, 2012.

Cuando Marilyn Monroe decidió refrescarse en el verano
Billy Wilder nació en Polonia en 1906 como Samuel Wilder pero, después del viaje que hizo su madre a los Estados Unidos donde quedó impresionada de la cultura de ese país y, en particular, del espectáculo de Buffalo Bill, decidió que su hijo mejor se llamara Billy, tal como lo conocimos desde entonces, hasta el final de su vida en Beverly Hills el 27 de marzo del 2002. El prestigio de este guionista y director de cine del siglo XX crece con el tiempo para convertirse en uno de esos gigantes que nadie lo ha rebasado en la construcción de obras en donde dejó claro que, en esta vida, se puede criticar a la sociedad y, al mismo tiempo, ganar Oscares, siempre y cuando lo haga uno satisfaciendo los deseos (disfrazados), tal como lo hizo Wilder incluyendo en sus obras su sentido del humor, aunque fuese negro.

Entre otras actrices, fueron tres las que lanzó al estrellato después de haberlas tomado entre sus manos para convertirlas en diosas: Marilyn Monroe, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. La primera aparece en The Seven Year Itch o La comezón del séptimo año (1955) o La tentación vive arriba con esa famosa escena de Marilyn cuando va por la banqueta caminando sobre las rejas del Metro sabiendo que cuando pasara ese demonio del Averno como alma que lleva el diablo, la turbulencia haría que se refrescara con la corriente de aire y como travesura, permitía que se le levantara el vestido hasta la cintura sonriendo a la cámara para dejarnos boquiabiertos.

La segunda es Audrey Hepburn en Sabrina (1954) la hija de Fairchild, el chofer inglés que llego desde Londres junto con el Rolls Royce de la casa de los Larrabee con Linus, el hermano mayor y hombre de negocios (Humphrey Bogart), así como David, el galán de la familia (William Holden) de quien la jovencita estaba perdida y obsesivamente enamorada, como una Cenicienta de Connecticut. Por eso su padre la manda a París a estudiar cocina a ver si así se olvida de su obsesión. Cuando regresa llega transformada, bella y elegante para caer, como efecto secundario, en los brazos Linus y nosotros, pensando que haya un final feliz, como el que debe haber en las comedias, los vemos besándose en un trasatlántico rumbo a Paris. Un año antes, Wilder había visto a Hepburn en La princesa que quería vivir o Roman Holiday, dirigida por William Wyler, en una Cenicienta al revés, en una película que disfrutamos viéndola recorrer Roma en una Vespa visitando la Boca de la verità, el Coliseo y la Fontana di Trevi. De inmediato la hace parte del reparto como Sabrina y nosotros queríamos que alguien nos la volviera a contar.

La tercera es Shirley MacLaine cuando hace de Irma, la dulce (1963) basada en una comedia musical a la que le quitó la música y le agregó esos gags que necesitaba, más algunas situaciones medio escabrosas, en las que el mal gusto se mezcla, paradójicamente, con la elegancia magnificada por la ambientación y todo esto, sobre un fondo de realismo poético años antes de la segunda Guerra Mundial. Los tópicos de lo burlesco y de lo pintoresco del París canalla no hacen que la película se convierta en una farsa grotesca y logra que Irma aparezca en pantalla como prostituta, librando la censura norteamericana y ganando lo suficiente en la taquilla.

Pero no todo lo que hizo Wilder fue comedia, tal como lo cuenta Noël Simsolo en Billy Wilder, Maestros del Cine de Cahiers du Cinema, pues él sabía que “cada cineasta tiene su paleta de colores, y así como algunos pintan como Dufy, otros en tonos más sombríos, pero a mí —decía Wilder— nunca se me ha ocurrido pensar si soy amargo, cruel, pesimista o lo que sea: si una historia me gusta, ya está: cuento lo que me gusta.”

Billy Wilder fue un genio que pudo contar lo que quería satisfaciendo sus deseos disfrazados de humor, aunque era negro.