La traición, engendro de la melancolía

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 9 de febrero, 2012.

Juan Manuel Bernal, Mariana de Tavira y Bruno Bichir en Traición de Pinter
“Sabemos que los estados de mal extremo y de amor supremo tienen una definida similitud imaginativa”, como sugiere G. Wilson Knight y que viene al caso cuando se trata de reconstruir, haciéndolo de adelante para atrás como seguramente nos tocaría hacerlo a la hora del juicio final, pálidos y macilentos, tratando de entender cómo fue posible que aquello que una vez fue una pasión vigorosa, nos haya dejado secos, sin habla y sin saber que fue lo que pasó: “¡Funesto error, engendro de la melancolía! ¿Por qué haces ver a los hombres cosas que no son?” —como se quejaba Mesala frente al cadáver de su amigo Casio en Julio César de Shakespeare. Tal parece que más que el amor, la pasión, nos hace ver cosas que no son. Por eso, cuando escuchamos a estos dos amantes tratando de explicarse las causas y de entender si esa atracción se debió a la insoportable soledad o al deseo de la mujer del prójimo o al tabú de la madre, entonces podremos ir reconociendo el fracaso de lo que consideraron en un momento era una locura o funesto error, ahora que se han quedado abandonados en el meollo de la melancolía.

Los dos amantes recorren el campo de batalla reconociendo a los muertos y heridos que se quedaron tirados por el suelo sin darse cuenta. Parecen dos fantasmas que han traicionado, uno, al que era su amigo y, la otra, a su esposo. Esta es la historia que nos cuenta Harold Pinter (1930-2008), Premio Nobel de Literatura en el 2005, en Betrayal o Traición que estrenan esta semana en el Teatro Helénico con Juan Manuel Bernal como Jerry, el amante; Marina de Tavira como Emma, la amante de Jerry y la esposa de un Robert encarnado por Bruno Bichir, amigo y socio de Jerry con el que se cierra el triángulo amoroso y da inicio ese relato que empieza recordando la deliciosa batalla campal, cuando una vez empezaron a verse a escondidas con todo y el temblor de piernas que les provocaba, como le temblaron seguramente al legendario Adán cuando estaba por morder —a escondidas—, la manzana que le ofrecía Eva, hasta convertir ese mordisco, una vez expulsados de paraíso, en lujuria que, al mismo tiempo es invadida por el cáncer de la culpa. Mientras reconstruyen su paraíso (perdido), ese que un día creyeron habitar cuando eran amantes, se dan cuenta que ahora es la frialdad la que se instaló entre los tres en una especie de ruina emocional, invadidos por ese moho como puede ser la culpa que se mete dentro de la piel de las emociones hasta que se asfixian.

La traición quebranta la fidelidad y la confianza que se debe tenerle al otro impelidos por el éxtasis de la pasión. Pinter decidió narrarla del día de hoy hacia atrás y por eso vemos en el primer acto a los amantes, tiempo después de haberse lanzado al vacío, tratando de armar un rompecabezas entre la bruma del amor y del tiempo hasta llegar al principio, cuando arriesgaron todo, a pesar de que ya no saben si tuvo o no sentido. Reconstruyen el miedo y la excitación de los lejanos días cuando hacían el amor y se tropezaban por el deseo, abrazándose enloquecidos, ausente la fuerza de voluntad y a flor de piel, las ganas de tocarse desnudos —como niños jugando—, para acariciarse antes de caer al vacío.

El teatro es simulacro de la vida y vemos reflejados en ese espejo su angustia y la tristeza de que haya pasado todo desde que los dos —valientes— se jugaron la vida, sin saber que ahora nada de eso tiene importancia, excepto, el vago recuerdo de aquellos instantes que tratan de reconstruir, para comprobar lo absurdo y delicioso que es la pasión, aunque se transforme en melancolía.

Ya no se ven a los ojos —se han traicionado— y la amistad ha desaparecido. Sólo queda el vago recuerdo de cuando eran amigos. Los amantes no se tocan más. No queda nada. Humo, casas y edificios destruidos, cadáveres por los suelos, sueños que se han desvanecido por el aire como fantasmas. La traición y sus consecuencias, los sentimientos encontrados que los persiguen hasta que el tiempo lo borra todo menos esa deliciosa sensación de peligro cuando los dos, desnudos, arriesgaron la vida.