jueves, 16 de febrero de 2012

Las otras banderas de provincias

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 18 de febrero, 2012.
La Catedral del alarife Martín Casillas en Guadalajara

Una manera de celebrar los 470 años de la fundación de Guadalajara es mostrando nuestro agradecimiento por lo que recibimos durante los años que vivimos tan felices en esa ciudad tal como los puedo recordar.

Patricia Urzúa, directora del Mueso de la Ciudad ha organizado varios eventos, entre ellos, la obra de teatro basada en Flor de juegos antiguos de Agustín Yáñez, en donde recordaba los juegos infantiles en uno de los barrios más populares de Guadalajara en esa ciudad donde pasé los mejores años de mi juventud.

Nacido en la ciudad de México —nadie es perfecto— de madre tapatía y padre de Tepatitlán nos fuimos a vivir a Guadalajara en 1951 para instalarnos en el gueto de Tepa (la manzana de López Cotilla con Tolsa). Desde entonces no puedo imaginarme una juventud más feliz como esa que pasé en la Perla Tapatía y, a estas alturas de la vida, me doy cuenta que mantengo con orgullo esas raíces como si fuera otra Bandera de provincias (1929-1930), como la que ondeó Agustín Yáñez en su juventud con Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Efraín González Luna, María Luisa Rolón, Lolita Vidrio, Luis Barragán e Ixca Farías, entre otros.

En mi caso, las banderas han sido dos novelas en donde traté de rescatar la vida en Guadalajara. Primero, con las Confesiones de Maclovia (El Equilibrista, 1995), donde recorrí la segunda parte del siglo XIX y principios del XX, imaginando la ciudad en aquellos tiempos y tratando de volver a contar los orígenes de la Villa de Chapala desde la perspectiva de la abuela Cova, “la divina Cova”, como le llamó Ixca Farías, desde que nació en Tapalpa en 1859 hasta que murió en 1933 en lo que era el Hotel Nido en Chapala y, por ahí, la del abuelo Guillermo de Alba construyendo en 1920 la Estación de Ferrocarril de esa Villa.

Luego le seguí la pista al General Ramón Corona (1837-1889) en Las batallas del General (Grandes Novelas de la Historia Mexicana Planeta-Conaculta, 2002) acompañándolo en la Guerra de los Tres Años, persiguiendo al “Tigre de Álica” para luego acompañarlo a Madrid como Embajador y, finalmente, como Gobernador hasta el trágico domingo del 89 cuando lo asesinó Primitivo Ron por la espalda, tal como lo había leído mi abuela con sus cartas españolas meses antes que sucediera.

Con estas banderas he recorrido sus calles, la Catedral diseñada por el alarife Martín Casillas, sus calles y plazas con José María Reyes ese interlocutor que balbuceaba las historias de mi General mientras desde el día que se había enamorado de una diosa o ninfa mientras que, acostado, veía al Hombre en llamas en el Hospicio Cabañas, para empezar una historia de amor que, por momentos, resultó más interesante que la vida del General.

Recordar estas banderas es otra manera de celebrar la fundación de Guadalajara, como si de esta manera pudiera agradecerle todo lo que me ha dado.