jueves, 9 de febrero de 2012

Un buen simulacro del apocalípsis


El anillo de los Nibelungos, MET de Nueva York

Es el final del Anillo de los Nibelungos cuando Wagner interpreta lo que le llamó El ocaso de los dioses o Götterdämmerung, una larga puesta en escena de seis horas que hoy se trasmitirá desde el MET de Nueva York a partir de las 11:00 de la mañana en el Auditorio Nacional, en el Teatro Diana de Guadalajara y en otras pantallas en México y en el mundo. Cuando termine, seguramente nos habemos clavado en las profundidades de esos mitos, leyendas y fantasías nórdicas, donde los dioses estaban hechos a imagen y semejanza de los hombres —o de Federico I, más conocido como Barbarroja, con todo y su corte—, y que Wagner lo transforma y nos lleva hasta el mismo Valhalla, donde habitan los dioses, sobre todo, si nos dejamos llevar por su música como nos dejamos llevar por el ritmo del mar y las olas que disfrutamos desde que se van formando hasta que llegan rendidas a la playa y nosotros, hipnotizados con el leitmotiv de Wotan, de su lanza y del poder de los dioses, salimos a flote impregnados de esa música cercana a una experiencia mística.

Todo termina quemándose en un especie de apocalipsis a partir de la muerte de Sigfrido como sucede en esta tercera parte del maldito anillo de oro desde que fue robado en el Rin por el enano Alberich, sabiendo que pertenecía a los Nibelingos, un anillo como la manzana de Eva por la que somos expulsados del paraíso y que ahora es la causa (It is the cause, it is the cause, my soul!, como balbuceaba Otelo antes de acabar con la bella Desdémona), de la muerte de Sigfrido y la destrucción del Valhalla, la morada de los dioses.

El ocaso de los dioses —tal como descubrimos en Wikipedia—, viene de Ragnarök, que suena como si algo se rompiera en pedazos y que, en el nórdico antiguo, se refería a una guerra profetizada entre los dioses y que sería el fin del mundo.

Trata del tiempo y de las mujeres en diferentes momentos de sus vidas. Trata de la tres Nornas y de los Oráculos profundos de la noche con esas tres mujeres que ejemplifican el tiempo envueltas en sus túnicas oscuras. La más vieja, al pie de un enorme pino y, en el horizonte, el leitmotiv del poder de los dioses.
Amenazados por un incendio colosal que va a consumir el reino, escuchamos otro leitmotiv, el de la maldición que pesa sobre las espaldas del mundo como un anatema implacable que anuncia la destrucción del universo.

¿Cómo expresar todo esto con unas sencillas escalas musicales? No lo sé de cierto, pero Wagner lo logra en medio de la llamas y la fatalidad, lamentándonos de la pérdida de lo que sería la sabiduría divina, mientras vemos con los oídos cómo se desploma el palacio de los dioses que van desapareciendo de la vista, mientras escuchamos el último leitmotiv que tiene que ver con la destrucción.