La maldita primavera

EL INFORMADOR, Tertulia del sábado 24 de marzo, 2012.

La flor de Azalea en la plenitud de sus funciones.
Creo que Yuri cantaba esta canción por allá en los ochenta, una canción que repetía Eduardo Matos Moctezuma a voz en cuello mientras escarbaba en el Centro Histórico de la ciudad de México sacando al aire los Caballeros Águila, al enorme Caracol y luego, nada menos que a la diosa Coyolxautli estampada en una piedra gigantesca después de su caída mortal donde quedó desparpajada la pobre, con un brazo por allá y otro por acá, en lo que es el Templo Mayor destruido por los españoles para sepultar sus ritos e imponer otros.

Mientras Matos sacaba a la vista estas piezas de arqueología recuerdo que cantaba esta canción con ese buen ánimo que siempre lo ha caracterizado: “fue más o menos así: vino blanco, noches y viejas canciones y se reía de mí la dulce embustera, la maldita primavera.”

Y con ese trabalenguas producto del amor, como el que ahora empieza a salir a flor de piel —se nota en el aire y a todas horas—, seguía cantando, “sí para enamorarme ahora, volverá a mí la maldita primavera.”

Y uno se queda perplejo de ver como la naturaleza vuelve a imponer su ritmo aunque sabemos que “pasa ligera, la maldita primavera” pero nos deja su perfume con el que nos levantamos para seguir bregando por el resto de las estaciones.

Recuerdo las jacarandas en flor en Guadalajara y los árboles de la primavera, amarillos refulgentes; recuerdo cómo olía por las noches a jazmín y huele-de-noche como un chorro que flotaba sobre la banqueta de López Cotilla mientras caminábamos por las noches hacia el poniente, para calmar el calor que hacía, a veces, insoportable.

Pero la Primavera es lo que es y tiene que ver con los ciclos positivos de la vida, tiene que ver con “eros”, es decir, con la vida misma cuando todo parece que se renueva y es entonces cuando nos dan ganas de traer la camisa al aire o salir a recorrer el bosque sin perdernos; dan ganas de respirar hondo para tener la suficiente energía o volar por los aires para ver las cosas desde otra perspectiva como la que necesitamos tener a veces del mundo que nos rodea.

Por eso, en estos días, disfrutamos de ver cómo construyen sus nidos los pájaros y como se bañan en la fuente ahora que han regresado a su ámbito, más preocupados por asentar a las nuevas crías que no tardan en salir del cascarón.

Por la tarde vuelve ese ruiseñor al que le he llamado “Pavarotti” o a lo mejor uno de sus hijos que viene a despedirse antes de dormir y yo salgo a la terraza, me mojo los labios y chiflo lo mejor que puedo en su idioma, más que un eco, lo que creo es una respuesta de alegría como recitaba Schiller su poema con el que Beethoven cerró con broche de oro su Novena, cantando a esa alegría que compuso en Weimar un día de su maldita primavera.