jueves, 1 de marzo de 2012

Shakespeare tras las rejas

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 1 de marzo, 2012.

Cesare deve morire, la ganadora del Oso de Oro de Berlín, 2012.
Hace años Rodrigo Johnson, amigo, actor y director de teatro, aceptó ir a la Islas Marías para coordinar un taller de teatro con algunos prisioneros arrumbados en el Pacífico. El año pasado, unos prisioneros de Santa Martha Acatitla, considerados como peligrosos, formaron su compañía de actores El Mago y presentaron obras en el Foro Shakespeare. Ahora, uno de los Osos de Oro de Berlín 2012 fue para los hermanos Paolo y Vittorio Taviani por el documental Cesare deve morire que filmaron en una de las prisiones de Italia en donde estos criminales han puesto en escena el Julio César de Shakespeare y acabamos de ver un programa que seguramente van a repetir en el canal de Film & Arts al que le han llamado: Shakespeare tras las rejas, dirigido por Hank Rogerson. El teatro en las cárceles se ha puesto de moda.

 Hank Rogerson se ha encargado de poner en escena durante casi un año a La tempestad de Shakespeare y por eso pudimos ver a esos actores, unos delincuentes convictos, asesinos y violadores, condenados dos veces de por vida que, de pronto, se ponen a llorar cuando declaman el Epílogo de esa obra, cuando Próspero tiene que decir: “ahora, es cierto, que pueden confinarme aquí o enviarme a Nápoles. No me dejen, pues ya he recuperado mi ducado y he perdonado al traidor; no me dejen en esta isla desolada, cautivo de su hechizo, mejor líbrenme de mis ataduras y si pueden háganlo con sus propias manos” y, el actor, uno de estos asesinos, tiembla después de haberse metido en la piel del personaje diciendo eso que, en verdad, es una súplica al público para que sean ellos los que puedan librar a Próspero de su exilio en esa isla.

Los convictos pagan una larga condena en la prisión de Luckett en Kentucky y uno de ellos aceptó hacer el papel de Miranda, la hija de Próspero que debería tener unos catorce años de edad. En las primeras reuniones, en donde se trata que el actor entienda cómo es el personaje y después de resistir las burlas de sus compañeros por tener que hacer el papel de una mujercita, este hombre trata de interiorizar su papel y para eso vemos cómo es que encontró similitudes que le hicieron temblar: Miranda quería saber quién era y por qué su padre había organizado un naufragio que ella había visto aterrada lo que pasaba. Próspero había considerado que ya era “tiempo de que conozcas más cosas… siéntate que he de hacerte saber mucho más” —y así empezó a contarle la historia de su vida a su hija Miranda que estaba angustiada—, pues ya “llegó la hora, el minuto en que debes abrir tus oídos.” 

Cuando ella hace un esfuerzo por acordarse de lo que había pasado cuando era bebé, él le insiste: “dime, ¿qué otras cosas ves en el oscuro abismo del pasado?”, y nosotros vemos al prisionero cómo se ponía en ese mismo lugar que nos decía: “desde que tenía siete años le preguntaba a mi madre quién había sido mi padre y nunca me supo decir. Por eso, cuando Miranda le pregunta lo mismo, ‘Señor, ¿no es usted mi padre?’, supe que le estábamos preguntando lo mismo con la misma angustia y por eso —decía el prisionero— sé que puedo hacer ese papel”.

Vemos a estos hombres desde tres ángulos diferentes: lo que son, lo que fueron y lo que van a representar y, como tienen todo el tiempo para explorar la compleja mezcla que hay entre sus remordimientos, la cólera y el anhelo de libertad, eso es lo que aprovecha Hank Rogerson con toda paciencia durante los meses que duran los ensayos —una vez por semana—, mientras somos testigos de los castigos que reciben, de la absoluta frialdad de sus actos que, por lo pronto, en el teatro, es lo único que tienen para poder ser o pensar ser en otra persona y cuando le dan el golpe, eso que tienen que decir lo transmiten con enjundia, como si el hervidero de los sapos y culebras que guardan en su caldera encontrara una salida.

Los habitantes de la isla en La tempestad tenían doce años exilados, años en los que Próspero planeó su futuro: casar a su hija con el príncipe de Nápoles y recuperar su ducado después de haberlo descuidado por haberse dedicado a “la elevación de su espíritu.” Los prisioneros mexicanos, italianos o de Kentucky tienen el mismo deseo de ser “librados de sus ataduras” y con Shakespeare pudieron experimentar su libertad por el tiempo que estuvieron en el escenario, haciendo el papel de otro, deseando salir de su encierro.