jueves, 22 de marzo de 2012

Shakespeare y la luna, siempre

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de marzo, 2012.
Tandem, Compañía de Danza con las coreografías de Leticia Alvarado.
Los bailarines son artistas que expresan su arte de la manera más difícil que puede haber —tal como lo considera Pierre Guillet de Monthoux—, son artistas que luchan con su propio cuerpo bajo los ojos críticos del coreógrafo; son artistas que trabajan muchas horas todos los días por muchos años en la barra, tras el escenario, hasta que un día aparecen por unos cuantos minutos en escena para mostrarnos la belleza de su arte y de esta manera complacer a la audiencia. Es el lenguaje corporal y la belleza del cuerpo en movimiento lo que ahora disfrutamos con las coreografías de Leticia Alvarado y Tandem, su Compañía de Danza, en dieciocho escenas basadas en algunas obras de Shakespeare. El amor de Julieta por su Romeo y las ganas de satisfacer sus deseos sin hacer caso de lo que sucede a su alrededor, mucho menos, a la rueda de la Fortuna que sube y baja o al azar que es parte de nuestra vida pues, “cuando menos lo imaginamos, sucede”, como el fraile que no puede informarle a Romeo del plan.

Por eso, cuando vemos en escena a ese amor convertido en tragedia nos duele mucho, tanto como si nos pasara, sobre todo, si lo imaginamos a través del movimiento corporal cuando podemos ver a esa Julieta con los pies en la tierra hasta que pasa su noche de bodas y entonces es ella la que anda por las nubes —como nos sucede en la primavera o cuando estamos enamorados—, confundiendo la luz del día con el de la noche y el canto de la calandria con el ruiseñor, como sucede en estas coreografías de Leticia Alvarado a las que le ha llamado: Shakespeare y la luna, siempre en la Sala Miguel Covarrubias de la UNAM y que estarán hasta el domingo 1º de abril.

La poesía, el amor y la luna siempre van de la mano. A lo mejor se le ocurrió este título después de leer el Sueño de una noche de verano cuando Teseo, el duque de Atenas, opina que “el lunático, el amante y el poeta tienen una imaginación exuberante. Ven más demonios de los que caben en el infierno: como los locos. Los enamorados son más enardecidos y ven la belleza de Helena en la frente de una egipcia. Los ojos del poeta, girando en pleno frenesí, vagan del cielo a la tierra y de la tierra al cielo imaginando cuerpos y formas de cosas desconocidas que luego el poeta les da forma y, con una displicente nada, les da habitación y nombre.”

Se trata de un homenaje a Shakespeare en donde los bailarines expresan con su “movimiento, las sensaciones de algunas escenas y personajes representativos de la obra del autor isabelino”, tal como lo explicaba Leticia Alvarado.

De eso se trata: descifrar los enigmas y hacerlo con el cuerpo en movimiento como si fueran los personajes y sus historias más vivas que cualquier fantasma. Por ahí reconocemos a Julieta, a Ofelia y a Hamlet, el príncipe de Dinamarca dubitativo, representante del ocium o pensamiento medieval, más que su opuesto, es decir la acción o el negocium; recordamos a Macbeth que actúa su ambición en el plano de lo negativo y un día en su casa “asesinó al sueño” después de escuchar una voz que le decía: “no volverás a dormir… Macbeth ha matado al sueño!’ El inocente sueño, el sueño que teje sin cesar la maraña de preocupaciones, la muerte del ir viviendo cotidiano, el baño de la fatiga, el bálsamo de las heridas de la mente y el plato fuerte en la mesa de la Naturaleza, el principal alimento del festín de la vida.”

Leticia Alvarado consideró siempre la Luna, tal vez, porque ronda en las obras de Shakespeare como en Julieta, cuando le suplica a Romeo que no jure su amor por la Luna “pues es inconstante y cambia cada mes en su órbita redonda. No vaya a ser que tu amor sea como ella y se vuelva caprichoso.”

Siempre la Luna esa diosa que palidece al ver cómo los amantes se quedan solos —como decía Sabines—, aunque no lo sabe de cierto, pero lo intuye. Y así vemos a los bailarines contando algunas historias con sus cuerpos en movimiento y nosotros confirmando “¡que obra de arte es el hombre! En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y maravilloso! En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel!”, como decía meditabundo Hamlet una tarde cualquiera.