miércoles, 18 de abril de 2012

A gritos en el Zócalo

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 19 de abril, 2012.

Enrique IV en La corrala del mitote, Zócalo
Todo lo que es gratis cuesta, como nos ha costado ir a ver Enrique IV, Primera parte de Shakespeare, dirigida por Hugo Arrevillaga en esa puesta en escena con la Compañía Nacional de Teatro (CNT), estrenada antes de hacerlo en Londres a donde irán representando a México en el World Shakespeare Festival. La obra la han puesto en lo que le llaman «La corrala del mitote» (ver foto), un teatrito redondo, armado con andamios, instalado en el Zócalo del lado de la Catedral en una novedosa, popular, pero pésima infraestructura y peor ubicación, en donde los actores tienen que gritar todo el tiempo para que se escuche lo que dicen como lo hacen los pregoneros del Metro, desapareciendo la modulación y la textura en los diferentes diálogos como pudo haber sucedido en un teatro ad hoc.

Por ser gratis, también hubo que soportar el caos —o el sadismo— de los que administran los boletos, pues, a pesar de que la función se anunciaba como agotada, decidí acercarme a «La corrala», con poca gente en la cola, para hablar con las encargadas que traían sus fajos de boletos, hasta que finalmente —muy a la mexicana—, me ordenan hacer cola —sin importar que dure una hora—, mientras deciden si se les antoja o no darnos un boleto, ¡por el amor de Dios! Luego, como es gratis, no podemos reclamar que haya empezado una hora después de la prevista como sucedió hace una semana, el viernes pasado.

Es la obra con la que participa México en ese Festival en donde habrá 37 puestas en escena por 37 países. La nuestra ha sido financiada por el CONACULTA a través de la CNT. La decepción es mayor por la acústica, como por la lectura que han hecho de la obra en la que han decidido no haya contrastes entre la corte y la taberna y por «La corrala» localizada en medio del Zócalo donde se escucha todo lo que sucede alrededor, como era uno de esos merolicos políticos que pululan o los niños gritando con sus papalotes o los que hacen «limpias» vestidos de concheros aztecas.

El programa «le incluye» su música en vivo con cuatro músicos vestidos de inditos con calzones de manta, ¡tan mexicanos!, que logran dificultar más los parlamentos de los actores, ¡ah!, pero eso sí, logran enfatizar, como en las caricaturas, cuando el trombón suena con una nota justo cuando Porky o Falstaff en este caso, dice algo o hace algo para que el público sepa que eso que oyeron o vieron era una broma, un gag o un tropezón, sin dejar de mencionar a la marimba, ¡tan mexicana!, que acompaña lo que diga su excelencia o algún otro noble del reparto.

El único que la libra sería Sir John Falstaff (Roberto Soto) a quien le han colocado una enorme panza (como de tortuga Ninja), estorbosa y que no le hacía falta a ese robusto actor, excepto, que la lectura fuese la de tratar de ridiculizar a este complejo y maravilloso viejo, a este caballero venido a menos que se siente venido a más en la pocilga donde vive, en La Cabeza del Jabalí de la famosa Mistress Quickly, La Rapidita, con la que Sir John tienen algo que ver, rodeado de sus ayudantes, buenos para nada, excepto para robar, con alevosía y ventaja, a unos pobres peregrinos y en ese intento de borrar los contrastes de pasada visten el príncipe Hal como uno más de esos vagabundos y no como lo que era.

Sabemos que Falstaff es cobarde, tramposo, mitómano, corrupto, bueno para nada, transa, pero que tiene sentido del humor, es buen alburero y  tiene ingenio para sacarse el as de la manga cuando ya no sabemos qué va a decir o hacer y cuando creemos que no vale ni un cacahuate, nos conquista y nos hace cómplices pues dice esas verdades que están detrás de toda la simulación cortesana y, por eso, se levanta de la lona y nos dan ganas de abrazarlo antes de que nos vuelva a confundir.  

El diálogo entre Lady Percy y Hotspur se pierde por completo y donde debería contrastar la feminidad y el ingenio de una mujer que le reclama a su marido por qué no ha estado en su cama como lo hace a ese macho del Norte que sólo piensa en caballos y en la guerra, todo esto se pierde porque lo hacen gritando.

El texto de Alfredo Michel es muy bueno y entendemos los albures que son acompañados por la seña que ratifica su vulgaridad. ¡Qué lástima que sólo escuchamos más gritos en el Zócalo!