miércoles, 4 de abril de 2012

Ave verum corpus y el descenso de la cruz

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 5 de abril, 2012.
El descenso de la cruz, óleo de Rogier van der Weyden (1400-1464).

Sin duda, una de las joyas musicales de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) es el Ave verum corpus (KV618), ese motete basado en un breve himno eucarístico escrito en el siglo XIV que se le atribuye fue compuesto por al papa Inocencio VI (Wikipedia). Escrito para coro, cuerdas y órgano es tal joya que cuando leí lo que decía un crítico asegurando que era “la joya de la corona” que brilla por cuatro minutos y medio para escuchar y sentir, emocionados como pocas veces, el paso entre la vida y la muerte, ese instante en que deja de respirar, es decir, expira y fallece Cristo como sucedió hace tiempo, ese es justo el trance que Mozart logra expresar musicalmente y que nos llega hasta el fondo de nuestra imaginación, mientras cantan cómo “de un lado perforado, fluyó agua y sangre”. Es una de las más breves composiciones hechas por este compositor y, créanme: es la joya que adorna el resto de sus obras de este hombre del siglo XVIII.

Celebrando el aniversario del fallecimiento del arquitecto Luis Barragán, Catalina Corcuera, directora de esa Casa, organizó una misa en esa Capilla que diseñó el arquitecto y premio Pritzker en el convento de las Capuchinas de Tlalpan Centro en la ciudad de México. En esa ocasión contrató a un coro acompañado por una pequeña orquesta para que, entre otras cosas, interpretaran el Ave verum corpus. Años después, todavía recuerdo con emoción ese momento cuando, sin saber qué pasaba, lloramos como magdalenas sin saber por qué. Pienso que ha sido una experiencia estética o mística producida por esa combinación que se puede dar entre la música, el espacio y la luz que se filtra en esa capilla. Años después le conté esta experiencia a Mario Lavista, compositor y amigo, quien me confirmó que, efectivamente, el espacio y la música pueden producir emociones fuera de lo común.

Las artes plásticas son otra cosa pero también podemos acercarnos de puntillas sabiendo que, algunas obras, nos pueden mover el tapete como El descenso de la cruz o De Kruisafnemig en neerlandés de Rogier van der Weyden (1400-1464), un cuadro que le interesó tanto a Felipe II de España, tal vez por las doloridas expresiones que captó el artista que, en 1567, decidieron llevarse el original al monasterio del Escorial. Este viernes a las 19:00 horas pasarán en TV Film & Arts un programa sobre esta obra.

Cuando bajan de la cruz a Cristo, lo recibió en sus brazos José de Arimatea para poder envolverlo en un paño de lino blanco impregnado de sustancias aromáticas. Fue él quien le pidió a Poncio Pilatos que le dejara llevarse le cuerpo para enterrarlo. Por eso, en esta obra vemos a Cristo con la cabeza suelta sostenido del brazo por José de Arimatea y los pies por Nicodemo.

A Juan lo vemos en el extremo izquierdo, inclinado para sostener a la Virgen y, al extremo derecho, María Magdalena deshecha y a punto de caerse y doblegada por el dolor de la muerte de Cristo apenas se puede sostener de una columna: “es la figura más lograda —dicen los que saben— de todo el cuadro en cuanto a su expresión de dolor.” Hay dos simetrías, uno, por el movimiento corporal de Juan, vestido de rojo al margen izquierdo, con Magdalena al extremo derecho y, el otro, entre la posición de la Virgen María y el cuerpo de Cristo, ambos sostenidos de un flácido brazo izquierdo, como si fuera el eco que expresa el dolor en un lenguaje corporal. Los dos con los ojos cerrados, ausentes, sostenidos por algunos presentes. María Magdalena sola y su alma, sin que alguien la sostenga ni la consuele: tendrá que hacerlo por su cuenta.

El dolor se hace presente: detrás de Juan hay una mujer que llora lamentándose y nosotros lo hacemos si escuchamos a Mozart y su motete, pero las dos obras nos dejan mudos, como a María Magdalena imaginando, por un momento, lo que significa ese paso entre la vida a la muerte, cuando “el resto es silencio.”