miércoles, 11 de abril de 2012

Violetta, la perdida dama de las camelias

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 12 de abril, 2012.

Natalie Dessay como Violetta en La traviata del MET
Los dos tenían veinte años cuando se enamoraron: ella era una bella joven de Provenza y él, un parisino famoso. Los dos tuvieron un romance de casi un año (de 1844 a 1845), tiempo suficiente para que él tomara nota para luego escribir una novela (1848) que adaptó al teatro en busca de ese tiempo y para reinventar su vida amorosa con La dama de las camelias. Él era el escritor Alejandro Dumas, hijo, y ella era la cortesana (como les decían en ese siglo a las mujeres que se daban esa vida), llamada Marguerite Gautier que llega a París cuando tenía quince años para empezar a trabajar en el mundo de la moda (no sé si como costurera, pues era entre ellas que los poetas románticos acostumbraban buscar a sus amantes). Esta joven provenzana era de una belleza excepcional que supo desarrollar un estilo y un refinamiento tal que pronto se convirtió en una de las más deseadas mujeres del siglo, mantenida y chiqueada por los ricos aristócratas y los galanes del momento.

Acostumbraba salir a la ópera o al teatro con un ramo de camelias o un capullo en el pecho. Por eso la gente le decía “la dama de las camelias”. Su deslumbrante belleza de pronto ocultaba una enfermedad mortal: la tuberculosis. De pronto el tiempo se acortó y la angustia crecía de tal manera que la historia, como la cuerda del arco, se tensa de tal manera que los que vieron la puesta en escena en 1852 en el Teatro Vaudeville de París —entre ellos el compositor Giuseppe Verdi—, pudieron comprobar cómo Dumas había “abandonado el crudo realismo de su novela para mostrarnos en escena a una heroína alegre y frívola, una especie de traviata, como le decían en italiano a las mujeres perdidas.

Es una historia de amor y pasión imposible. Una historia que sabemos que Dumas la vivió en primera persona del singular sin esperanza alguna que su amor pudiera durar, tal como lo confiesa en esta parte de la novela:

“Querida Marguerite, no soy lo suficientemente rico como para poder amarla de la forma en que me gustaría; pero tampoco soy tan pobre como para dejarme amar como usted pretende…” —como lo relata András Batta en Ópera.

Al año siguiente, en 1853 y con un libreto de Francesco María Piave, Verdi estrena su ópera en Venecia como La traviata, en donde retrata los convencionalismos de su época y los hechos que se van torciendo dentro de esta historia de amor hasta convertirla en tragedia, no sin que haya un despliegue musical frívolo, como la escena del baile en donde el estilo coloquial la hace más creíble. Pero, la cuerda se va tensando hasta que revienta, como lo hacen en los grandes amores: fuera de tiempo, ella aplica una estrategia —romántica—, para separarlo sin que sufra tanto.

María Callas y Elizabeth Schwarzkopf han hecho el papel de Marguerite Gautier, es decir de la dama de las camelias o de Violetta como se conoce en la ópera de Verdi que ahora, la vamos a poder ver el sábado 14 en las pantallas del Auditorio Nacional de la ciudad de México o en las del Teatro Diana en Guadalajara o las otras que hay en Monterrey y Oaxaca, con la transmisión en vivo y en directo de la nueva puesta en escena del MET de Nueva York, con Natalie Dessay, la pequeña pero potente soprano y magnífica actriz cuya presencia augura que veremos a una Violetta que nos va a partir el alma, pues está marcada por la tragedia y por el destino infalible como es la muerte que, en este caso, tiene fecha cercana y, tal vez por eso, en otras puestas en escena hay un reloj enorme que marca las horas antes que se detenga.

Estaremos a la expectativa desde el inicio cuando la veamos cómo es que se hace de un lugar en la vida, bella, con sus camelias en la mano y sus deseos de complacer a los hombres, dándonos a entender, sutil y gradualmente, su dejo de tristeza que va calando, pues sabe que todo lo que viva, incluido su gran amor y su deseo de abandonar la vida de cortesana para ser la pareja de Alfredo Germont, será imposible, aunque el joven enamorado y atormentado no desea otra cosa que vivir con ella. Todo queda suspendido (como la espada de Damocles) y vemos cómo la cercanía de la muerte hace que veamos la vida desde otra perspectiva.