miércoles, 23 de mayo de 2012

Los náufragos del Temporal

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 24 de mayo, 2012.

Irene, uno de los ciclones que pasó por Las Bermudas.
Con ese humor que caracteriza a Flavio González Mello, dramaturgo y director de teatro, ahora se le ocurrió representar a tres personas en una, tal como lo hace en Temporal, su obra reciente basada en La tempestad de Shakespeare en donde Próspero, el mago de la obra en escena, es a la vez el Bardo despidiéndose del teatro en 1613 después de haber sido el gran mago de la escena y de la poseía y, el tercero en discordia sería Alejandro Calva (excelente) en el papel de Próspero quien, de repente, es también ese director de escena todopoderoso y así, como diosito, González Mello cierra el círculo de esta trinidad antes que entremos a esa isla en donde esperamos librar el temporal, como los que cada año hay cerca de Las Bermudas y esos ciclones que barren con lo que haya a su alrededor, donde hacía doce años había llegado desde Milán el viejo Próspero con todo y su hija, la pequeña Miranda, exilados de su ducado. En el momento en que empieza la obra, los dos habían sobrevivido esos años en esa isla habitada por Calibán, el único salvaje y nativo de la isla, hijo de la bruja Sycorax, así como Ariel (como el detergente para la ropa), el espíritu que estuvo castigado por la misma bruja hasta que Próspero lo libera para convertirlo en su operador con el que va a realizar los cambios que se requieran para recuperar su ducado y que su hija se case con Ferdinando, el príncipe de Nápoles de tal manera que las nuevas generaciones enfrenten mejor el futuro.

Próspero provoca la tempestad y el naufragio de esa navegación que regresaba de Túnez, cargada con sus dos enemigos, entre otros pasajeros. Para eso maldice al cielo como lo hace el Rey Lear en esa otra obra, ahora para producir la tempestad, gritando con toda su alma: “¡Rujan, vientos, bufen! ¡Rompan sus mejillas! ¡Soplen de rabia cataratas y huracanes, inunden a borbotones los campanarios y ahoguen a los gallos y sus veletas! ¡Relámpagos sulfúreos, raudos como el pensamiento, precursores de esos rayos que hienden el roble, carbonicen mi cabeza blanca!”

Naufragan pero llegan a salvo a la Isla tanto el rey de Nápoles, como su hijo Ferdinando; Gonzalo su asesor —el buen Gonzalo que veremos llorar desolado—, y Sebastiana (Dobrina Cristeva), la hermana del rey (en esta versión); Antonio, el traidor hermano de Próspero quien organizó el “compló” para quedarse con el ducado y, a partir de ese momento, el mago los tiene comiendo maíz en la palma de su mano y hace con ellos lo que se le antoja. Por ahí aparecen Stefano el mayordomo borracho y Trínculo, el bufón.

Por desgracia la puesta en escena del Teatro Julio Castillo el público se parte en dos seguro por tratar de tener un escenario como si fuera una isla, enloqueciendo a los actores que no saben a dónde dirigirse pues la mitad de los espectadores están en el Sur y se van a perder de la contundencia de algunos parlamentos cuando los escuchan los del Norte, como sucede en momentos estelares.

Tampoco pudieron escaparse de las dos maldiciones de moda: una, la de mostrar —a fuerzas— el lado oscuro de las cosas (the dark side of the Moon), como si les diera pena presentar esas escenas claras, limpias, inocentes y amorosas. Por eso, provoca Próspero a Calibán para que viole a Miranda y cuando el nativo se encuentra con Stefano y éste se cree el rey de la isla, le ordena al salvaje para que viole a Trínculo el bufón. Las escenas de los tres borrachos parecen eternas y pesan tanto en la obra que peligra de hundirse en las profundidades de un mar agitado inútilmente. 

Otra cosa que está de moda es intercalar algunas escenas vulgares y que el rey, Sebastiana y uno de los borrachos se pongan a orinar en el escenario como si con eso le agregaran algo de “verismo”, que le hiciera falta a la obra original.

Pero Temporal tiene momentos geniales: la salida de Calibán de las profundidades de la isla con su escafandra o los gestos de complicidad de Ariel mientras sube o baja por los aires, aunque a veces debería abandonar el tono burlón para disfrutar de algunos momentos de ternura, como cuando intenta consolar a Ferdinando en su duelo, compartiendo la experiencia de la pérdida del padre, recordándole que ahora se ha convertido en joya, como debió de cantarle, no en tono burlón, sino en serio, para que entendiéramos que «sus huesos son corales y sus ojos, perlas y todo lo que él decae, ha sufrido una transformación en algo que ahora es rico y extraño.»

Como nos hubiera gustado que Próspero nos viera a los ojos —y no que anduviera por ahí, colocando libros en el suelo—, cuando decide abjurar a su magia violenta para escucharlo claramente decir: «y cuando haya requerido la música del cielo —como lo hago ahora— para que actúe sobre mis sentidos, según mis fines, el melódico hechizo romperé mi vara para sepultarla en la tierra» para ser quien es, en una transformación voluntaria ejemplar.