miércoles, 9 de mayo de 2012

Pinter: el pasado o lo que quieres recordar

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 10 de mayo, 2012.

Dame Antonia Fraser y Damian, viuda e hijastro de Harold Pinter, 2008.    
«El pasado es lo que recuerdas o lo que imaginas o lo que pretendes recordar», decía este hombre que, cuando era actor, se llamaba David Baron y cuando se decidió ser poeta, dramaturgo y un incansable activista político, lo hizo como Harlod Pinter (1930-2008) y que no le importaba nada, mucho menos que lo corrieran de la embajada norteamericana en Turquía cuando, en lugar de alabar a su amigo Arthur Miller, prefirió dar en voz alta la lista de los prisioneros políticos que habían recibido descargas eléctricas en los genitales… hasta que el embajador lo corrió y detrás de él salió su amigo.

¿Cuántas veces creemos que lo que parece incoherente o que es un disparate resulta ser un mensaje que nos puede llegar hasta el fondo del alma? Eso es el teatro del absurdo como el que empezó a escribir Pinter en 50’s, medio siglo antes de ganar el Nobel de Literatura (2005) ya cuando sus obras eran más que conocidas y se consideraban más realistas que otra cosa.

La semana pasada Daniel Pastor trajo de Los Ángeles a la ciudad de México A Celebration of Harold Pinter, una lectura de poemas hecha por el actor Julian Sands para recordar el pasado del dramaturgo a través de esa lectura, dirigida por John Malkovich tal como lo vimos en el Teatro Helénico.

Cuando Sands sale a la escena empieza a recordar a su tutor desde el día que lo conoció y nos empieza a declamar algunos de sus poemas tomados de Various Voices: Prose, Poetry, Politics 1948-2005. De esa manera fue tejiendo el retrato de ese autor que decía por ahí que «todo ‘corrige’ el espacio que hay entre la muerte, tú y yo», un verso que, al final, adquiere sentido cuando se lo dice a su esposa, dame Antonia Fraser, antes de morir.

Pinter parece que tenía humor y éste era de varios colores, incluyendo el negro, cuando lleno de ironía nos deja impávidos tal como lo logra en Traición (Betrayal) o en los Amantes (Lovers), dos obras que están en cartelera en la ciudad de México.

Sands nos da una lección de lo que significa «hablar con el alma» y no como lo hacemos en la vida real en donde ocultamos lo que sentimos «diciendo lo que hay que decir y no lo que sentimos», como decía Edgar al final del Rey Lear. Cuando hablamos con el corazón, aunque usted no lo crea, las cosas funcionan mejor: hay más confianza y nadie tiene que esconderse de nadie.

Harold Pinter fue un dolor de cabeza (por decirlo amablemente), para los políticos pues, al mismo tiempo que entretenía al público con sus obras de teatro, los desafiaba poniendo el dedo en la llaga. Le llegaron a decir the angry old man.

«No existe un límite preciso entre lo real y lo irreal, entre lo verdadero y lo falso —como grabó su discurso para recibir el Nobel en el 2005 al que no pudo asistir por el cáncer que lo agobiaba—, la verdad en el drama es difícil de capturar y su búsqueda compulsiva se convierte en uno de los objetivos. A veces, uno se tropieza con la ella en la oscuridad pero pronto se da uno cuenta que en la dramaturgia hay muchas verdades. Estas se retan entre sí, se reflejan en sí mismas, se ignoran, se ciegan. A veces uno cree que tiene la verdad en las manos y, de repente, desaparece.»

En su discurso del Nobel, Pinter habló de «la verdad, el arte y la política» y, en esa ocasión, declamó algunos versos de Neruda tomados de la «Tercera residencia», cuando «vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles…  y una mañana estaba todo ardiendo  y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres, y desde entonces fuego, pólvora desde entonces, y desde entonces sangre…» Dice que citó a Neruda porque no había encontrado un poema tan claro contra de los bombardeos a civiles.

Julian Sands recordó su historia leyendo esos poemas en un buen inglés con los que pudimos imaginar el carisma, la fuerza y el humor de este actor, poeta, dramaturgo y activista político que nos recordó al viejo Bertrand Russell (1872-1970), el filósofo y matemático activista que sabía que «la buena vida está inspirada por el amor y guiada por el conocimiento.»