miércoles, 27 de junio de 2012

Callow y la extraordinaria vida de Dickens

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 28 de junio, 2012.

Los sueños de Dickens por Robert William Buss, 1875.
Simon Callow sale al escenario donde hay un pódium de madera natural, una alfombra persa, una silla estilo Luis XV y una mesita cubierta con tela amarilla donde descansa un vaso de agua y una jarra. Viste elegante, con un traje azul marino, camisa de cuello alto y un buen humor típico de los ingleses —o de los irlandeses, como es el caso—, listo para presentarse como lo hacen los buenos actores antes de empezar su presentación: saben que es mejor echarse al bolsillo al público, antes que cualquier otra cosa y, de ser posible, hacerlo con una broma que incluya un cierto agradecimiento por estar «en este glorioso país» y contarnos como fue que estando en el Festival de Edimburgo, alguien le propuso (creo que dijo David Cameron, el Primer Ministro) que viniera a México haciendo algo relacionado con Charles Dickens (1812-1870) pues durante este año se celebran los 200 años de su nacimiento. En ese momento pensó que ir a México era como ir a la Luna… «igual de improbable —dijo—, igual de lejos tal como lo vemos desde Inglaterra… pero, bueno, finalmente aquí estamos felices en este reino fabuloso que es tan buen anfitrión que ha mandado hacer, para que no extrañe en lo más mínimo mi tierra natal, un clima igual al que siempre tenemos en Londres.»

Simon Callow es actor, director de teatro y escritor que este año le han publicado Charles Dickens and the Great Theatre of the World (Vintage, 2012) y, por eso, preparó una plática sobre la vida de este hombre y sus experiencias con la obra de Dickens de manera extraordinaria, pleno de anécdotas, por ejemplo, cuando tenía once años de edad y se había quedado en la cama con sarampión, sufriendo como enano la maldita tentación y los deseos de rascarse, hasta que llegó un día su abuela y le puso en sus manos los Papeles póstumos del Club Pickwick (escrito en 1836) y con eso, santo remedio: no se volvió a acordar de sus padecimientos desde el mismo momento en que empezó a leer esto que dice así: «El primer rayo de luz que ilumina las tinieblas y convierte en claridad deslumbradora la oscuridad en la que parece hallarse envuelta la historia primitiva de la vida pública del inmortal Pickwick, brota de la lectura de las actas de este Club que el editor de estos papeles tiene el sumo placer de poner ante sus lectores…»

Por fin, ese primer rayo de luz iluminó sus tinieblas en las que se encontraba y el jueves pasado tuvimos la oportunidad de verlo y escucharlo en el teatro Juan Ruíz de Alarcón de la UNAM con un lleno completo y el sábado y domingo declamando poemas de Wilde y fragmentos de Hamlet y Enrique V, acompañado por la Filarmónica de la UNAM.

Callow tiene una magnífica voz, bien modulada y con una perfecta dicción; una voz pausada con la pudimos viajar por ese laberinto donde se cruzan las vidas de los que estamos reseñando con las propias, así como el amor al teatro como el que le tuvo toda su vida Dickens, hasta llegar al jardín donde se bifurcan los caminos para tomar el de la escritura antes de enterarnos de la pesadilla que sufrió de niño durante dieciocho meses cuando tuvo que trabajar como esclavo en un Londres patético a principios del XIX.

Nunca se lo perdonó a su madre y Callow cuenta que ese rencor lo guardó en una caja cerrada, cerca de su corazón pero, desde que tuvo éxito con los Papeles póstumos a los 25 años de edad, lo siguió teniendo por el resto de su vida, entonces pasó de la comedia que adoraba, al oscuro mundo de la explotación infantil, de la corrupción y el soborno, de la mierda de los caballos por la calle, las moscas y la suciedad, las ratas por todos lados, los ladrones, la pobreza y el famoso señor Scrooge, el viejo avaro y tacaño por excelencia que no quiere celebrar Navidad porque no puede pensar más que en sí mismo y lo único que le interesa es ganar más dinero.

Simon Callow leyó fragmentos de la obra y nos enteramos hasta de lo que se iba a morir Dickens, así como, de ese final patético, enamorado de una jovencita y dando discursos por todo el mundo hasta que se colapsó para morir el 9 de junio de 1870, el mismo día que había conocido en persona a la reina Victoria, una más de sus lectoras.